En 1952 y con apenas 18 años de edad, el sanfrancisqueño Oscar Pezoa (89) fue uno de los integrantes del equipo de ciclismo que representó a la Argentina en los Juegos Olímpicos de Helsinki. Lo curioso es que su amor por este deporte había nacido apenas unos tres años antes en una “escapada” a Josefina con la bicicleta de su padre.

Fue uno de los deportistas que elevó la vara del ciclismo argentino, con condiciones innatas, una vida equilibrada y una historia muy particular. En una entrevista con El Periódico, el todavía deportista relató cómo fueron sus inicios y el camino para llegar a la cita olímpica.

Pezoa había probado todos los deportes: fútbol, básquet; pero en ninguno cuadró y es por eso que una tarde decidió pedirle prestada la bicicleta a su papá para probar. Era una bici que había recibido la familia por parte de pago después de un accidente. Esa prueba fue el puntapié inicial que decantaría unos años más tarde nada menos que en los Juegos Olímpicos.

“Al tercer día de iniciada esa aventura, volviendo de Josefina con viento en contra, empecé a pensar si iba a seguir en esto. Miré al cielo, el sol caía y te juro que sentí que el cielo algo me decía. Le pedí a Dios que me ayude a ir a las Olimpiadas, faltaban cuatro años y yo recién empezaba, si me ayudaba iba a cumplir por siempre los diez mandamientos”, relató.

Después de ese episodio su vida cambió. Empezó a entrenar en la pista de Tiro y Gimnasia junto a Gazzera y Rossetti. Su primera competencia fue en San Jorge; casi sin saber nada se anotó por insistencia de sus compañeros. A mitad de la carrera se cayó y quiso abandonar, pero el público lo animó a seguir. Comenzó a pedalear como nunca hasta que alcanzó al pelotón de punta y después de 100 kilómetros recorridos, Pezoa logró pasar la meta en primer lugar con tan solo 15 años de edad.

Sin embargo, según refirió, el primer lugar se lo dieron a otro. Él no protestó, agarró el trofeo y los 40 pesos del premio y se volvió contento a su casa porque había quedado impactado por algo que le había sucedido en los metros finales.

“Sentí que el cuerpo me habló, una voz dentro mío me dijo lo que tenía que hacer: lo juro por mi madre. Cuando alcancé el pelotón, sentí que tenía que ponerme a la orilla, quedé paralizado. ¡Cómo me va a hablar el cuerpo! Yo lo sentía y al rato de nuevo: arrancá, una vez, dos veces y a la tercera siento esa voz más fuerte dentro mío y embalé, pasé el pelotón y llegué primero. Fue mi espíritu, no fue mi cabeza. Había algo que me decía por dentro que lo haga, no lo podía creer”, recordó.

Desde allí, Pezoa siguió escuchando a su espíritu y comenzó a participar en cuanta competencia pudiera: en Santa Fe, en Río Cuarto, en Morteros donde sorprendió a muchos. “Era ágil, tenía resistencia y velocidad en las piernas, aguantaba cuando empezaba la carrera y después empezaba a pedalear cada vez más, nadie me había enseñado. Empecé a aprender de esa manera”, comentó.

Oscar Pezoa, el hombre que escuchó a su espíritu y llegó a los Juegos Olímpicos

Mario Mathieu, Buenos Aires y su relación con Perón

Al poco tiempo Pezoa se transformó en una revelación. “Qué bien que anda el muchachito Pezoa”, exclamaban los periodistas como el propio Dante Panzeri, ciclistas y aficionados de la época. Tal es así que el campeón argentino Mario Mathieu lo fue a buscar, lo increpó y le preguntó si él tomaba algo para mejorar su rendimiento. Pezoa, algo asustado y sorprendido, le dijo que no: “Entonces yo te voy a hacer algunas pruebas porque te voy a llevar a Buenos Aires”, le respondió Mathieu.

En 1951, la Federación de Ciclismo de Argentina lo invitó a las pruebas del Panamericano que se desarrollaba en Buenos Aires, el primero de la historia que lo tuvo a Pezoa como ganador en una de las pruebas e hizo que el mismísimo Juan Domingo Perón se llegase a felicitarlo y levantara su bicicleta en señal de triunfo. Luego, Pezoa se terminaría consagrando subcampeón Panamericano, con solo 17 años de edad.

Pero su relación con el ex presidente no quedó ahí. Fue tal el cariño y la preocupación por su bienestar que siempre pasaba a saludarlo por el Velódromo de Palermo y hasta lo invitó a cenar a la quinta presidencial junto al equipo de ciclismo. “Fuimos dos veces, comimos locro y asado”, recordó con nostalgia. Además, atesora una carta firmada de puño y letra del mismo General.

Oscar Pezoa, el hombre que escuchó a su espíritu y llegó a los Juegos Olímpicos
Oscar Pezoa, el hombre que escuchó a su espíritu y llegó a los Juegos Olímpicos
Oscar Pezoa, el hombre que escuchó a su espíritu y llegó a los Juegos Olímpicos

Transcripción de la carta de Juan Perón a Oscar Pezoa

“Amigo deportista:

Como usted he sido joven y he sido deportista, por eso puedo escribirle como compañero y como argentino.

Defender los sagrados colores de nuestra bandera en una justa deportiva presupone el mismo honor y el mismo sacrificio que hacerlo en cualquier otra ocasión. A la Patria se la defiende de una sola manera; con toda el alma, con toda la vida.

Recuerde compañero que en esa defensa usted es la síntesis de todo un pueblo. Es la expresión del poderío físico y espiritual de ese pueblo y de su raza. En usted estarán puestos los ojos y el corazón de todos los argentinos y de usted depende su alegría, su satisfacción o su tristeza.

En los deportes, como en todas las cosas de la vida, se vence con la cabeza, se llega con el corazón y se llega más allá aún con la voluntad tenaz e inflexible de vencer. El cuerpo y su entrenamiento hacen el resto.

Recuerde también que con el prestigio argentino defendemos el honor común que es nuestro sagrado patrimonio. El nos obliga a vencer, pero a vencer bien. Un deportista que es capaz de vencer debe saber también perder. En ambos casos con honra.

Ponga su fe en el éxito; persevere en prepararse, llame hasta la última reserva de su voluntad para ponerla en la prueba y espere confiado en la suerte que le auguro y no ha de faltarle si se ha preparado bien física y espiritualmente para luchar.

Un gran abrazo”.

Juan Perón.