Mónica Beltramino lleva su docencia al merendero

Local 17 de noviembre de 2019
Desde antes de jubilarse, ya sabía que quería hacer algo por la comunidad. Y así fue. A poco de dejar las aulas, donde trabajó por años como docente, comenzó a dar apoyo escolar a niños y adolescente del Comedor La Virgencita. Pero eso no es todo: también ayuda a familiares de personas con adicciones. Es otra de las vecinas destacadas en estos 12 años de El Periódico.
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Mónica Beltramino (59)

Luego de jubilarse como docente de nivel primario, Mónica Beltramino (59) se dio cuenta de que deseaba volcar su tiempo a algo que la hiciera sentir llena y que pudiera hacerle bien a alguien más. Así fue que, invitada por sus integrantes, decidió comenzar a brindar apoyo escolar en el Comedor La Virgencita, un espacio donde no solo se brinda alimento a las familias que lo necesitan sino que también sirve de contención con numerosas actividades sociales. Pero ese no es el único lugar en donde presta colaboración: también lo hace en el grupo Esperanza Viva, una organización sin fines de lucro que trabaja con jóvenes que desean recuperarse de su dependencia de las drogas y el alcohol.

Su llegada al comedor tuvo que ver con brindar ayuda aportando su conocimiento y experiencia luego de tantos años al frente de las aulas.

“Yo me jubilé hace casi tres años. Siempre pensaba qué iba a hacer después de estar jubilada y siempre quise hacer algo por alguien que lo necesite. Entonces ahí surgió la idea de ir al comedor. Me dijeron que sí, que podía hacer apoyo escolar, acompañar a la gente más grande, y me gustó la idea”, cuenta la mujer.

Y reconoce que los primeros días fueron difíciles. “Tuve que adaptarme. No es lo mismo que en la escuela. Hay chicos de todas las edades, desde pequeños hasta del secundario, así que había que adaptarse a ellos y ellos tenían que adaptarse a uno. Había otras chicas que también ayudaban y nos íbamos dividiendo los chicos”, explica.

Contención

Mónica destaca que más allá de brindarse conceptos lo que se brinda es contención: “Con algunos se va forjando una relación, incluso ellos eligen con quién prefieren estar. Yo por lo general estaba con los más pequeños, que más que apoyo escolar con ellos era una contención que les brindaba, porque a ellos les gusta que le dibujes, que hables con ellos, que los escuches o que le leas un cuento”.

Y revela que su deseo es continuar. “Yo me jubilé hace casi tres años, al principio descansé unos meses y después comencé con el apoyo. Mi idea es seguir, porque después del apoyo me quedo a la oración, o con la gente mayor que también por ahí necesita contención”, dice.

La familia, apoyo fundamental

Para poder hacer lo que hace, Mónica reconoce que recibe el apoyo de su familia, tanto de su marido como de sus dos hijos. Incluso, cuenta, una de sus hijas también la acompaña al merendero para ayudar: “Mis hijos ya están grandes y mi esposo trabaja hasta tarde y está contento, le gusta que haga esto. Una de mis hijas va al merendero a ayudar. Entre todos nos apoyamos”.

Precisamente, su hija fue quien la acercó al grupo Esperanza Viva. “Es un grupo que apoya y contiene a familias con personas con adicciones. Eso fue debido a problemas personales en mi familia. Tuve una hija adicta que gracias a Dios está recuperada. A partir de ahí, donde me dieron ayuda a mí, yo empecé a ayudar a otros y trato de hacerlo de corazón para los que lo necesiten”, refiere Beltramino.

Y agrega: “Este acompañamiento es una vez a la semana a través de una reunión en la iglesia Catedral. A eso sí le dedico un poco más de tiempo fuera de horario porque implica preparar materiales, lectura de la palabra. Pero lo hago porque me gusta. Trabajamos con varias familias que van en busca de soluciones, ayuda o consuelo por una adicción de un familiar”.

 

“Me hace sentir bien”

“El voluntariado me gusta, me hace sentir bien”, dice Mónica. Acto seguido añade: “Si en ocasiones tengo que viajar por problemas de salud o algo, extraño. A veces se hace difícil porque no siempre puedo ir todos los días como quisiera, pero me gusta, me hace sentir bien”.

Las muestras de cariño son, para ella, la mejor paga. “Cuando entrás al merendero, todo aquel gesto de cariño que te dan te gratifica y te emociona, porque ellos agradecen mucho siempre. Un dibujito, una flor, un beso, un caramelo, te quieren llevar al patio a jugar. Eso es muy gratificante, eso te llena”, afirma.

A pesar de que son muchos los voluntarios, Mónica reconoce que hacen falta más: “Cuando no va uno puede ir el otro. Siempre son bien recibidos, para lo que sea, apoyo escolar, para que el que va a cantar, el que lleva algo para hacer, el que lleva una torta para tomar mates”.

Sobre el final, asegura que el voluntariado no es para cualquiera: “Hay que querer ser voluntario. No a toda la gente le gusta convivir con las cosas que pasan. Estamos hablando de pobreza o del dolor de los demás. Pero si te dedicás al voluntariado es porque realmente sentís eso y porque realmente te comprometés y tenés una empatía con el otro, sino no lo podés hacer, tenés que quererlo”.

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