Bárbara, una vida salvada por la militancia y su amor a los animales

Local 02/05/2021 Por Oscar Romero
Trabaja en la Sociedad Protectora de Animales pero además milita políticamente e integra distintos movimientos sociales. Una vida vertiginosa y llena de adversidades, pero también de lucha permanente y, según cuenta, “con algo de suerte”.
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"Vertiginosa", así define Bárbara su vida. Fotos: Fabricio Llanes.

Bárbara Andrea Castellina Cloret (46) vive en una pequeña pero hospitalaria vivienda de calle Pasteur, en pleno barrio Sarmiento. Convive con Carlos, su pareja desde hace 20 años y con sus tres mascotas, Candela, Leonardo y la Negra.

“Barbie” o “Andy”, como la apodan, se define como una mujer trans agradecida a la vida por haberse encontrado con personas e ideales que le permitieron no rendirse ante las distintas adversidades que debió afrontar por su condición sexual.

Sus 1,86 metros de altura llaman la atención mientras espera de pie en la puerta de su casa. Es lunes, pasadas las 20. Tras atravesar un modesto living, el diálogo surge en un comedor con paredes atiborradas de imágenes y cuadros: un póster -no una foto- de Liliana Olivero, la líder política de la Izquierda Socialista de Córdoba, a la que Barbie toca como si fuera una imagen religiosa; una pintura encuadrada realizada por ella misma; varias fotografías de Santiago Maldonado; algunos cuadros regalados y varios pañuelos o banderines de movimientos y agrupaciones políticas y sociales en los que participa: Isadora, Mujeres Unidas San Francisco, Somos Viento y de las campañas por el aborto seguro, legal y gratuito y por un Estado Laico.

“¿De qué querés hablar?”, es lo primero que pregunta e inmediatamente responde entre risas: “Mi vida es una catástrofe o más bien una vida vertiginosa”.

Bárbara señala que no se siente hombre, aunque remarca que le falta mucho para ser mujer: “Estoy en un limbo en el cual mi identidad es toda una crisis que me es bastante complicada al momento de presentarme ante otra persona, pero no conmigo ni con mis afectos. Pero sí me considero una mujer trans, apoyo y milito en el movimiento Trans de San Francisco y en otras causas”, cuenta.

También es integrante y trabaja para la Sociedad Protectora de Animales grupo "M. Gemelli" San Francisco, donde se inició como voluntaria hace 32 años. “Soy una persona contratada, tengo un salario dentro de la institución y de eso vivo. Estoy muy agradecida por la confianza que depositó en mí la comisión, que hace un laburo excelente. Y con mi pareja tenemos nuestra cooperativa, por así decirlo, para mantener nuestros gastos e ingresos”, añade.

Tiene la casa a su nombre y además una camioneta Peugeot Partner que la acompaña en diversas cruzadas militantes y solidarias. “Podría tranquilamente estar muy cómoda en lo mío -afirma al respecto-, sin embargo elijo involucrarme en las causas y a veces me afecta mucho. Son muy pocas las chicas trans que tenemos el privilegio de tener un trabajo en blanco, con una pareja, con una vida plena y poder militar y poner la ‘cuerpa’ por las que no lo tienen”.

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Infancia y adolescencia

Nacida en La Francia, de muy chica se vino con su familia a San Francisco. Aunque luego regresarían al pueblo para desembarcar luego en Colonia San Bartolomé.

Su padre, Augusto Claret, tenía máquinas para realizar pozos e instalar molinos. Su madre, Olga Castellina, era enfermera en el Hospital de La Francia, y en las diversas mudanzas continuó trabajando como enfermera particular y también ama de casa.

Asegura que durante su adolescencia sufrió el patriarcado “en su máximo esplendor”, lo que le costó 13 años de terapia para lograr establecer “cierto” equilibrio mental: “Logré encontrar mi eje personal, pero si me preguntás de mis años de estudios prefiero remitirme a mis años en el campo, a la soledad, al estar rodeada de animales y la naturaleza. No rescato casi nada positivo del ambiente que viví en las escuelas”, afirma.

Sin embargo, cuando terminó sus estudios secundarios en una escuela nocturna de La Francia decidió ir a estudiar enfermería a Córdoba, donde afirma, comenzaron nuevas y brutales complicaciones. “Mi papá ya había fallecido y mi mamá contaba con pocos ingresos para ayudarme, entonces tuve que recurrir a la prostitución para poder vivir. Eso fue tremendo. Te estoy hablando de 20 años atrás, Córdoba era muy liberal por la noche pero muy conservadora en el día. Tuve que escapar de la Policía, pasé noches en los calabozos y ni que hablar las cosas que te hacían estando presa”, rememora.

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Pese a todo, pudo cursar un año y medio de carrera, y refiere que se cuidaban entre compañeras para no caer presas antes de hacer las prácticas en los hospitales. “La mayoría de mis amigas o compañeras de aquella época murieron a los 35 años, quizás me fui antes y encontré una situación de contención, casi de privilegio, podría decir que burlé a la muerte por 15 años. ¿O cuántas chicas trans conoces de 80 años? Ninguna, están todas muertas”, afirma.

- ¿Cómo fue blanquear tu sexualidad ante tu familia?

Mi papá falleció en una etapa que estaba en transición, no lo pude blanquear ante él, se me fue antes. A mi mamá cuando se lo cuento se puso a llorar, sabiendo lo que se me venía y después me abrazó y lloramos las dos. Fue una de las cosas más fuertes que me pasó en la vida, fue un abrazo al alma y que está grabado en mi menoría. El tema quedó solo entre nosotras dos viviendo en un pueblo, el cura quería que me vaya, me veían en la calle y me llevaban detenida. Entonces elegí para defenderme un programa de televisión donde estaba Moria Casán que se llamaba "Amor y Moria", un talk show - se emitió por América TV a finales de los ’90-. En el programa decían, ‘si eres gay y te sientes solo puedes comunicarte con nosotros’. Lo hablé con mi mamá, y me comuniqué con gente de producción, me llaman y fui a su programa en Mar del Plata. Yo tenía otro carácter y cuando salí al aire, salí con toda la bronca y la ira. Eso fue trascendental en mi vida y blanqueó mi situación con el resto de mi familia.

- ¿Qué dijiste?

Mejor déjalo ahí. No estaba dedicado para la gente de San Francisco y es la primera vez que lo cuento. Nunca pude encontrar una cinta o un video de los minutos que estuvo, entonces algunos no me creen. Pero eso fue un quiebre en el resto de mi familia, hubo una parte de la familia que me comprendió y otra parte que directamente vio al demonio y les empecé a dar vergüenza, hasta el día de hoy que no me hablan.

En el 2000, Bárbara cuenta que regresa a San Francisco con lo que tenía puesto: “Fue cuando conocí a Carlos mi pareja y arrancamos de cero en un departamentucho (sic). Pero la ciudad de San Francisco me brindó mucho y soy muy agradecida. Desde ya que también fue por mis ganas de laburar y de salir adelante, pero tal vez en otros lugares no lo hubiera podido conseguir”, confiesa.

- ¿Qué te ayudó a soportar todo lo que viviste?

Creo que fue la suerte y mi terquedad, soy muy obstinada, si hay una causa justa que merece ser atendida, me van a cerrar 50 puertas y las voy a golpear a todas. Y también me río mucho de mí misma, de mis defectos, aprendía a mofarme de mí misma, incluso de mofarme de los insultos que recibía en la calle y fue una estrategia que usé durante muchos años en mi vida.

Esa terquedad y obstinación llevaron a “Barbie” a acercarse a la Izquierda Socialista y a distintos movimientos sociales solidarios. “Llego a la Izquierda haciendo trabajo de campo, ayudando en merenderos y viendo el hambre que hay en la sociedad. Empecé a encontrarme con compañeros del mismo partido, de un partido que defiende a los trabajadores y ahí me puse la camiseta”, sostiene.

En la Protectora de Animales

Su tarea en la Sociedad Protectora de Animales arranca cuando vivía en San Francisco. Según cuenta, con 14 años comenzó a ir al refugio en bicicleta cargando ollas de polenta y bidones de leche para alimentar a los perros.

“El refugio no era el de la actualidad, era un estado calamitoso, había ratas, muchos animales con hambre que la pasaban muy mal. También se vivían épocas que cuando las manadas de animales eran numerosas las envenenaban o se mataban a garrotazos. Nos costó muchos años lograr cambiar eso, el primer cambio favorable vino desde el gobierno de (Martín) Llaryora. Recién ahí hubo una consciencia y educación de tomar a la sobrepoblación de animales como tema de salud pública”, indica. Y a su vez, revela: “Durante un largo tiempo llegabas al refugio y veías caras tristes, perros desesperados, hoy ves perros felices, que llegan a viejos y mueren de viejos, bien alimentados y cuidados, sin perder de vista que es un refugio, no es un hogar. Pero detrás de todo hay una gran comisión que labura muchísimo para mantener a los animales así”.

La entrevistada reconoce que ama trabajar con animales y le pone su ‘cuerpa’ al trabajo, “es una hectárea que todos los días se limpia, todos los días se les da de comer a los perritos y es un lugar en el que hay que estar muy atenta porque un animal que un día no está bien mañana puede fallecer, tenés que tener cierta capacidad y eso me lo brindó el estudio”.

“Una barita mágica me tocó -agrega-, podría ser cualquiera de mis compañeras trans que no superaron los 35 años. Cuando desde tu mundo familiar se te cierran todas las puertas, dependés de la suerte de encontrarte con personas que más o menos te construyan y yo la tuve”, asevera.

Intervención artística que generó polémica

El último 8M, día internacional de la mujer en el que hubo marchas en todo el país contra la violencia machista y los femicidios, Bárbara participó de una intervención callejera de la que habló toda la ciudad.

“La hicimos con Ilda Ramello y fue muy fuerte. El impacto visual que se generó cuando me sacaron la sábana que me cubría… no medimos que dentro de la marcha había ‘niñes’ y se pusieron a llorar”, reconoce. En la intervención, “Barbie” se encontraba atada al semáforo de Mitre y 25 de Mayo, representando a una víctima de femicidio, con diversos cortes y heridas.

“Por empezar quisimos representar la crudeza que se vive todavía con los femicidios. Se hizo con un respeto a la víctima, pero gente que no participaba de la marcha comenzó a agredir a los manifestantes. Yo nunca salí del papel, no me moví, ni miré nada, todo lo viví desde lo sensorial”, admite.

De todos modos, y pese a que le dolió escuchar el llanto de algunas criaturas pudo sacar algunas conclusiones: “Hace tiempo que tenemos otra pandemia de la que no se genera consciencia real, a veces se habla muy poco y otras son invisibilizados y que son los femicidios”, concluye.

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“Es alguien a quien admiro”

Ilda Ramello (57), es otra militante por los derechos sociales en la ciudad, amiga de “Barbie” a la que conoció mientras fue tallerista de teatro en lo que fue la organización solidaria Paso a Paso de barrio La Milka. 

“Ella ya se encontraba militando en la parte social y yo me incorporé como tallerista de teatro, ahí nos conocimos y comenzamos a forjar una linda y fuerte amistad que se prolongó en el tiempo”, dice la mujer.

Para Ramello, Bárbara se trata de una persona honesta y una amiga incondicional: “Alguien que se juega por sus ideales, que milita y lucha por las disidencias sexuales y sobre todo alguien muy resiliente, que superó todas las adversidades que la vida le presentó. Es alguien a quien admiro por su valentía y por sobre todas las cosas por su manera de ser: sincera y directa”, admite.    

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