Miguel Sánchez, 60 años de vida como cabañero

De la Tierra 30/08/2020 Por Melina Barbero
A sus 78 años, "Trueno" atesora decenas de anécdotas con los animales que supo cuidar. La buena relación que tuvo con sus patrones y los premios obtenidos, sus mayores orgullos.
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Miguel Sanchez.

Con 78 años, Miguel Sánchez es uno de los cabañeros de San Francisco con más trayectoria en la región. Con 60 años arriba dedicados a los animales, asegura que está “retirado” pero confiesa que si lo buscan, lo piensa.

Padre de tres hijos y abuelo de nueve nietos, "Trueno", como se lo conoce popularmente, comenzó en la actividad a sus 18 años. Fue uno de sus hijos, hoy fallecido, quien siguió su camino. Lo mismo que un nieto, que es su orgullo. “Tenía un hijo que venía tras mis pasos y un nieto al que le enseñé a trabajar. ¡Él ya llegó hasta Paraguay! Ese es el orgullo más grande que tengo, que mi hijo haya salido así, desgraciadamente lo perdí en un accidente en barrio Jardín. Y mi nieto, ellos siguieron mis pasos”, recordó.

Sánchez es dueño de una memoria envidiable. “Arranqué acá con Miguel Armando, el encargado que yo tenía era don Gregorio Rojas, de Cañada Rosquín. Las cabañas por acá las conocí a todas porque si yo estaba acá y él abría una cabaña allá, iba para ver cómo era. Acá trabajé con Zabal en cabaña Las Isletas, con Comba en cabaña San Miguel, con Darío Cerino en Santa Lucía, en Fátima de don Natalio Aimar, en Don Matías de Eduardo Aimar, en El Nico de Carlos Armando, en San José de Lozano, en Don Nura de Sobrero y Cañolo, en El Porvenir de Silverio Cassineri. Si hacían una cabaña, yo quería ir a ver cómo era”, aseguró.

Respecto a cómo comenzó, Sánchez manifestó: “Yo trabajaba en la feria, remataban los animales, estaba la balanza, me acuerdo como si fuera ahora. Después, por decir, venía alguien y me preguntaba si quería trabajar en una cabaña, yo le decía que nunca lo había hecho, y me decían ‘vamos’. Después de ahí venía el otro. Tengo el orgullo de decir que los patrones hacían cola en mi casa para preguntarme si yo quería ir a trabajar. Igual que a mi nieto. Cuatro o cinco cabañas lo han buscado para ir”.

Miguel Sanchez cabañero

 

Un trabajo sacrificado

Sánchez afirmó que el trabajo de cabañero es muy sacrificado, al igual que el del tambero. Llueva o no llueva, con calor o con frío, tiene que estar.

Enseguida lo graficó: “Yo tengo un problema en el pecho, que tengo que cuidarme porque cuando yo salía con los más grandes, que salían a chupar, yo me pegaba con ellos. Ellos, más grandes, tenían aguante. Al volver, lo primero que hacía era bañar los animales, ¡unas heladas! Le echaba agua a los animales y me echaba agua yo, así se me pasaba la curda antes de que llegaran los patrones. Me decían los compañeros ‘vos sos loco, esperá que pasen unos años’ y acá lo estoy pagando”.

Pero el hombre cuenta que bañar a los animales no es la única tarea de un cabañero. “Ahora se bañan y hay que pelar, hacer los lomos. Eso había aprendido mi hijo y estaba aprendiendo mi nieto ahora. ‘Hacer los lomos’ le decimos porque de la punta del rabo de la cola hasta el cogote tienen huesitos, eso hay que borrarle todo, hay que dejarle cuatro dedos de cada lado, eso es lo que hacía yo, después ellos lo arreglaban. Una cosita que hagas mal, ya se ve que está mal. Y estaba el jefe ahí”, rememoró.

Miguel Sanchez

Los premios y algunas anécdotas

Pero tras el sacrificio, llegaban las recompensas. Para Sánchez, una de las cosas más lindas de su trabajo eran los premios, que significaban un reconocimiento a todo el esfuerzo puesto.

“Yo tenía un toro de los Comba. Mono se llamaba, Mono Montaña Norberto, porque el padre se llamaba Norberto y la madre Montaña. Con ese me cansé de ganar. Y Comba me regaló un puñal de oro y plata”, contó.

Pero esa no es la única anécdota que recuerda, ya que una vez en Palermo lo vieron vestido de gaucho y lo invitaron a participar de un aviso comercial para la tarjeta Agronación de Banco Nación bajo el eslogan “Él sí que tiene la vaca atada”. “Me fui para allá, nomás que la vaca se puso a orinar en el piso en un escritorio ¡qué vergüenzón!”, rió.

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