Pablo Salvay, el metalero que tiene su “templo” en el patio de la casa

Espectáculos 25 de julio de 2020 Por Oscar Romero
Cabello largo, siempre vestido de negro y sobre una Honda Dax se lo suele ver a uno de los metaleros de ley de San Francisco. Su vida, la música, la relación y la banca de sus ‘viejos’, pese a algún enojo; el living de su casa que le alquiló a otros músicos y el nacimiento de su sala de ensayos, por donde –cuenta- pasaron las bandas más importantes de la ciudad.
Pablo Salvay
Pablo Salvay, músico, luthier, mecánico y creador de bandas.

En un rincón de barrio Catedral, escondida en el fondo de la casa de calle Jonás Salk, descansa la sala de ensayos más conocida de la ciudad, una especie de templo del rock y por el cual, según su propietario, “pasaron todas las bandas importantes de San Francisco”.

Pablo Salvay (52) no solo es su dueño, sino también todo un personaje del rock pesado que mantiene la viva imagen de ese estilo musical que representa: cabello largo hasta los hombros, campera de cuero negra, remera de Black Sabbath (u otra agrupación del estilo) crucifijo al cuello, pantalones -también negros- ajustados y zapatillas de lona al estilo botitas.

-¿Cómo andan muchachos? Pasen para el fondo, a la izquierda donde está la sala-, le dice a El Periódico tras un saludo de manos.  

Un largo y estrecho pasillo recorre unos 30 metros de la vivienda familiar y en un galpón cerrado se encuentra la sala de ensayos, ese templo de la música donde no solo sonó el heavy metal: “Por acá pasó toda clase de músicos con sus distintos estilos”, aclara Salvay mientras ofrece algo para beber.   

El hombre se sienta en una silla de escritorio, sobre el piso lo rodean toda clase de pedales para guitarras y detrás, sobre una de las paredes se levantan hasta el techo diversos modelos de amplificadores marca Marshall. En el lugar, que mide unos 7 metros por 4, también hay algunas guitarras, consolas varias, luces de colores; una batería emplaza en el centro de la sala y más allá aparecen bajos y teclados. Todos ante la mirada atenta de figuras como Jimi Hendrix y los músicos de Black Sabbath, Iron Maiden, AC/DC, Rata Blanca, dibujados entre tantos otros pósters colgados en la sala. Y por supuesto Templo del Rey, el trío que Salvay conformó en los noventa y que todavía sigue vigente.

La música, siempre

Pablo es un gran conocedor de música, autodidacta, de buen oído, que se enorgullece de haber visto a grandes íconos del rock nacional en vivo, que lo ayudaron en su crecimiento artístico y musical.

“La música siempre estuvo y está presente. Mi primera guitarra la tuve allá por 1978, empecé a hacer mis primeros acordes y después en la década del ochenta me juntaba con gente más grande que yo, que iba conociendo y que eran grandes músicos. Tomé algunas clases con ‘Cachi’ Salas, un gran músico de la ciudad, y para el ’81 tenía unas ideas de hacer un estilo de música y decidí seguir solo. Después conecté con otro gran músico, Sergio Amantini, y con él hice un perfeccionamiento. Pero lo que me ayudó fue la oreja, los discos o cassettes, y ver tipos en vivo que tocaban la viola de verdad”, asegura.

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Con 12 años –recuerda- se había escapado con un amigo en plena época militar para ver a Vox Dei en Bomberos Voluntarios. Alega haber visto en vivo a Pappo (Norberto Aníbal Napolitano) en su esplendor como violero, al dúo Pedro y Pablo, entre tantos: “Para un pibe como yo, con 18 años, que quería aprender y comerse todo lo que veía o escuchaba, fue algo impresionante”.

-Tu look y el personaje que sos, ¿nació o se hizo?  

-(Sonrisa cómplice). Creo que nací hecho un personaje. El pelo largo lo tuve siempre. A mí me gustan mucho los fierros, la mecánica, las motos, la electrónica y soy luthier de instrumentos. Había terminado la primaria y quería estudiar en una escuela técnica para poder meterle mano a las motos y cuando fui a la ENET me había dejado crecer el pelo. La primera noche que llego a la escuela había otro compañero de pelo largo y un tipo con barba. Se presentó el profesor que parecía un milico, de traje, peinado a la gomina estilo gardeliano, ahí pensé que entrábamos a la colimba. ‘Soy el profesor’, dijo, ‘desde mañana usted se me corta la barba y a mí y al otro nos señala, ‘ustedes se cortan el pelo como yo’. Dije éste está loco, no vengo más. Y así fue, mi vieja casi me mata, mi viejo estuvo enojado un año conmigo que no me quería hablar. Empecé a laburar y a hacer otras cosas, el pelo me lo corté una o dos veces. Siempre me gustó la imagen que tengo y ya es vieja. Es un look muy de los ochenta. Es una cosa que quedó y no me veo vestido de otra manera, no porque no me gusten otras cosas, pero no me veo vestido de traje.

Después de haber dejado la escuela, Salvay se metió en la mecánica de motos en el taller de su padre, también de forma autodidacta. Tuvo otros trabajos y mientras los hacía la música lo acompañaba. Armó su primera banda, un trío de rock pesado llamado Neurosis, antecesor a lo que sería Moby Dick, de mayor rodaje, que se formó en 1984.

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Sus viejos

Esteban Salvay, padre de Pablo, era un tano que no quería saber nada de la música: “Su propósito era laburar o laburar. Otra cosa no había para él en la vida”, lo define el músico. Era carpintero, lustra muebles y multioficios que contaba con una gran trayectoria. En más de una oportunidad, Pablo cuenta que su padre le recriminaba que la música que hacía no servía para nada: ‘Esto es un ruido’, le decía. “Para él lo que hacía yo era una pérdida de tiempo -remarca el rockero-, mejor era ir a laburar, que no está mal, pero para él el trabajo no podía ser la música”.

Su madre, Olga Fassi, por el contrario, fue la que siempre lo apoyó y lo alentó a seguir con su pasión: “Mi vieja era profesora de piano y daba clases de canto y siempre me apoyó en la música.  Lo que ella sí dudaba era si lo quería hacer en serio, porque yo era un pibe que por ahí me embalaba y al otro día quería otra cosa”, reconoce.  

En medio de esa tensión familiar, el músico continuaba con sus proyectos musicales y con los primeros integrantes de Moby Dick ensayaban en una piecita improvisada en el fondo de la casa de los Salvay. Pablo había ganado su batalla.

Cómo nació el templo

La banda sonaba y aspiraba a más, así que no podían continuar en esa piecita. Por el ’93, Pablo convenció a Olga de que le prestara el living de la casa. “Nos instalamos ese año y se lo devolví en el ’99 -dice con gracia-. Mi casa es antigua, con los techos altos, con mucha reverberación, imagínate tocando nuestra música, tuvimos a la Policía cien millones de veces”, rememora.

Pero así nacería la semilla que le daría vida a la sala de ensayos. “Nada de lo que hice fue intencional. Cierto día un par de conocidos me hablaron que ya están amenazados mal por la Policía en sus barrios y si seguían tocando los metían en cana. Me preguntaron si no les alquilaba un par de horas el living de casa. Así empezó. Vino una banda, ni sabía qué cobrarles hasta que me dijeron te vamos a pagar por mes. Después cayó otra banda y otra, eran como cuatro o cinco que  venían semanalmente un montón de horas y ya las denuncias eran constantes”.

Así se dio una paradoja en la vida de Pablo, su padre que siempre se había mostrado reacio a aceptar la música de su hijo fue el que dijo ‘basta’. Tras ello le cedió una parte de su taller de carpintería y lo ayudó a construir el “templo”, la sala de ensayos que dejaría una huella para la música de la ciudad.

“Mi viejo me dejó sin palabras, nos pusimos con él a laburar a fondo para armarla. Para mí fue una barbaridad todo lo que hizo y bancarme siempre a mí rompiendo las bolas con todo lo que hacía. No tengo palabras para agradecerles a mis viejos, ellos fueron un pilar fundamental”, destaca.

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Una década intensa

Desde finales de 1999 hasta casi 2010, “La sala heavy metal” -nombre nunca oficializado del espacio- fue un eje musical para los ensayos de la mayoría de las bandas de la ciudad. Salvay ofrecía turnos de una a dos horas de lunes a lunes.   

“La sala se hizo masiva, te diría que todas las bandas de San Francisco venían a ensayar acá. Era la única que tenía amplificadores Marshall, que tenía pedales y yo ofrecía la posibilidad a los músicos, por una cuestión personal y comercial también, que si alguno no tenía una viola buena, una batería decente o un bajo, se alquilaban. Usaban mis guitarras y los elementos que utilizábamos con mi banda para tocar en vivo, lo único que les pedía era que me cuiden las cuerdas. Y los bajos también, no sé por qué los bajistas no se traían sus instrumentos”, rememora con una risa risueña.  

Pablo ratifica que por su sala pasaron todos los estilos: rock fusión, heavy metal, pop, folklore, conjuntos cuarteteros y hasta bandas evangelistas.

- ¿En serio que acá tocaron hasta bandas evangélicas?

Sí y vinieron varias veces. Los tipos llegaban, los atendía y nunca me quisieron convencer de nada religioso, para nada. Venían a tocar, los posters que tengo ni los miraban -en referencia a los de Iron Maiden y otras bandas consideradas “satánicas”-. Hablábamos de los equipos, eran conocedores del equipamiento y los instrumentos, sabían de música y tocaban.

La sala se transformó para Pablo en una importante fuente de ingresos económicos y funcionaba tan bien que nunca más hubo denuncias por ruidos molestos.

Pablo Salvay

¿Ocaso?

Salvay recuerda que a finales de 2010 la sala comenzó una lenta migración de los músicos y él lo explica de la siguiente manera: “La sala de ensayos no se apagó ni se cortó, bajó el volumen de gente. A medida que los chicos pudieron comprarse equipamiento, poco, pero bueno, dejaron de darle bola a la sala de ensayos y entonces empezaron a ensayar donde podían. La sala como que quedó para eventos especiales, cuando una banda tenía que ser telonera de alguna importante venían acá porque querían saber cómo sonaban con un buen volumen”.

-¿Cómo es tu actualidad?

-Sinceramente vivo como puedo -afirma serio-. La cuarentana complicó todo, vivo de mi laburo como luthier en guitarras, bajos, pedales. Aunque no me gusta autoproclamarme luthier, más que nada soy un customizador de instrumentos. Lo hago a medida del cliente, desde lo que es la parte estructural de las violas, la parte eléctrica y hasta la pintura. La sala se mantiene, ahora eso como que está dormido, pero no la voy a desarmar por más que haya meses que no me genera ni 10 pesos. Plata no tengo, tengo capital en instrumentos y equipos, tengo una sola campera de cuero que hace 30 años que la uso (risas). Esto fue una inversión de pila de tiempo y la sala la uso para mí y las bandas, que no son muchas pero siguen viniendo.

Pero Pablo no se muestra demasiado preocupado por sus ingresos, lo que lo desvela hoy es volver a los escenarios a tocar con su power trío “Templo del Rey”, que venían girando por diversos sitios de la región y logró rearmar “Moby Dick” que a finales de 2019 brindó dos shows. “Se extraña tocar, veníamos bien con las dos bandas y esto de la pandemia frenó todo. Se extraña el envión, Templo del Rey venía de mucha actividad. Las dos bandas estamos ensayando, con todas las precauciones porque no podemos dejar algo parado sin sentido”, dice como mirando hacia un horizonte lejano donde tal vez se vea tocando su viola.

“Pero no me quejo, hoy tengo 52 recién cumplidos, hice todo lo que quise, tengo lo que me gusta, lo que quiero, ¿para qué me voy a quejar?”, reflexiona.

El costo de ser músico en San Francisco

“Como músico, acá la ciudad no te ofrece nada -sostiene con crudeza Salvay-, todo acá lo tenés que comprar y eso llega un momento en que te pudre. Entiendo que todo tiene precio y todo está en compra-venta, pero yo también tengo cosas para vender. Armás una banda profesional, súper equipada, gastás fortuna, millones de horas de ensayo de buscar una coherencia, un estilo y que todo eso no valga nada, eso me da por las pelotas. Hay un boludeo para tener que tocar en San Francisco, lo que más me jode en este contexto es que no se valoran a las bandas locales.

El metalero con su ‘hondita’ Dax

-Uno te ve en la ciudad, pelo largo, campera de cuero y andando en una Dax, ¿nunca quisiste una moto más acorde a tu estilo?

Claro que sí, siempre lo pensé. Pero primero esa motito era una cuenta pendiente. Manejé la primera hondita Dax cuando tenía 13 años, yo andaba en una Puma 98 re manoseada. Un día un amigo cayó con la Dax y se la pedí para dar una vuelta y no podía creer, era una nave especial para mí. Y comprarme eso en aquel tiempo era como comprar un pasaje a la luna. Así que cuando pude, en el ’92 me compré una. Y en el 2001, me hice un autoregalo y me compré una cero kilómetro. Obvio que siempre me gustaron las motos grandes, me encantaría tener ‘una chopper’. Pero yo estaba invirtiendo en amplificadores, siempre prioricé la música y de la Dax no me puedo quejar, es una moto re económica, para la ciudad anda un caño y hoy por hoy no la vendería nunca.

Pablo Salvay Honda

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Un referente

Beto Illusi, actual baterista de Alma Blues tocó con Pablo Salvay en la banda Niebla Púrpura, allá por 1992, una experiencia que el batero recuerda con cariño y que le sirvió de mucho aprendizaje.   

“Pablo para la ciudad es un referente del rock and roll, del heavy, que aún sigue vigente, eso es lo que le destaco a él, nunca le aflojó a sus proyectos. A mí me puso muy contento poder compartir la experiencia de tocar con él en un escenario en lo que fue el regreso de Moby Dick, su legendaria banda”, admite ‘Beto’ ante la consulta de El Periódico.

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