A raíz de la crisis, familias tuvieron que volver a vivir bajo el mismo techo

Local 01 de junio de 2019 Por
La falta de viviendas en la ciudad, los incrementos en los alquileres y expensas y la pérdida de empleo generó en los últimos años un fenómeno social preocupante en los barrios más marginados de San Francisco: compartir la misma vivienda entre dos o más familias. A veces llegan a ser entre 10 o 12 personas en hogares muy pequeños.
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Eli y parte de su familia en su vivienda de San Cayetano.

El déficit habitacional en San Francisco, los alquileres desmesurados, los constantes aumentos en los servicios y la pérdida de empleo real expone a los sectores vulnerables a que cada vez sean más las familias que residan en viviendas pequeñas o precarias, en situación de cohabitación (más de una familia por vivienda) o de hacinamiento (más de dos personas por habitación-dormitorio).

Este fenómeno también genera que muchos jóvenes hayan tenido que renunciar a su independencia para volver a la casa paterna al no poder afrontar los aumentos en los alquileres. En este caso, este año las renovaciones de contratos se vienen dando con aumentos de al menos 30%, según informaron desde el sector inmobiliario.

Son, en definitiva, familias que a raíz de la crisis tuvieron que volver a vivir bajo el mismo techo. Y allí comienzan los inconvenientes por la convivencia: el matrimonio dueño de casa tiene que dormir en el living o compartir el cuarto con sus hijos o nietos, algunas mamás jóvenes tienen que tirar un colchón en la cocina-comedor, a lo que se le suman las complicaciones al momento de compartir un único baño, entre tantos otros inconvenientes.

Eli tiene 24 años y vive en barrio San Cayetano con sus padres y otros tres hermanos. Tiene dos hijos y una de sus hermanas tuvo que volver a la casa junto a su esposo y dos niños más. Todos, doce en total, conviven en una humilde casa con cocina- comedor, dos piezas y un baño.

“Vivo con mi mamá y papá, tengo dos bebés y hace unos cuatro meses mi hermana y su marido se vinieron vivir acá porque se quedaron sin trabajo y no les alcanzaba para pagar el alquiler”, relató la joven e El Periódico.

Cómo se organizan

Según Eli, sus padres duermen con sus dos hermanos más chicos y sus dos nenes. Su hermana mayor junto a su pareja lo hacen en la otra habitación con sus niños mientras que ella tira un colchón, por el momento, en la pequeña cocina- comedor.

La joven había comenzado a construir una piecita en el patio de su casa, pero la crisis y los aumentos en los materiales le impidió continuar el proyecto. Además, el temporal del último mes diciembre derrumbó una pieza que el padre de la familia estaba construyendo de a poco.  

Eli se quejó que, pese a las elecciones y las promesas de ayudas de los candidatos, una vez finalizadas aquellas ningún político se acercó para “darnos una mano con los materiales y armar alguna piecita y poder acomodarnos mejor”.

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Vivir en una pieza prestada

Teresita (55) no tiene trabajo, sufre una discapacidad motriz que le afecta su columna y cuando no pudo más pagar el alquiler le pidió a su hija poder mudarse con ella; también a una habitación en el fondo del patio de la casa donde ésta última alquila en el noreste de la ciudad.

La mujer trabajó en distintos rubros como empresas de limpieza, en casas de familia, en rotiserías, cuidados de enfermos; dice que siempre se las rebuscó, pero con su enfermedad avanzando no pudo ya desempeñarse de la misma forma y tuvo que dejar la vivienda que alquilaba.

“Estoy viviendo en una pieza prestada en la casa que mi hija alquila -le cuenta a El Periódico-, como yo no tengo cómo pagar el alquilar le hablé al dueño de la casa, que aceptó que la utilice. Mi hija me pasa un cable para que tenga luz, pero el baño tengo que usar el del interior de la casa”.

Su hija vive con su pareja y su hijo, cuentan con un dormitorio y una pequeña cocina-comedor, mientras que Teresita tiene su espacio en el patio y comparten el baño.

“Además de mi discapacidad soy hipertensa y me las rebusco como puedo, mi hija me ayuda a hacer ventas de empanadas para afrontar mis gastos personales y más de una vez recurro al comedor solidario de barrio San Cayetano”, expresa.

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Un lugar no apto

“Es lo que hay, otra cosa no puedo alquilar ni pretender”, dice tristemente Tere sobre su pieza. En una visita de El Periódico pudimos constatar que el piso es de portland semi terminado, ladrillos grises para las paredes y un techo de chapa sin ningún tipo de cielo raso. “Es difícil, pero una tiene que vivir como puede, mientras no salga algo como para que pueda pagar un alquiler se hace complicado. En las noches te chorrean del techo las gotas de agua sea del frío o rocío y durante el día el piso se llena de humedad”, relata casi como un lamento.  

Además, cuenta que al tener un solo cable que le da luz, no tiene nada para calefaccionarse por lo que se encuentra siempre abrigada, todo el tiempo y con varias frazadas.

 

Volver a casa de papá

Leandro se había independizado de sus padres hacía tres años, tras conseguir un trabajo como empleado de comercio, y pudo alquilar un pequeño departamento en zona cercana a la UTN. Sin embargo, el último año la inflación y los aumentos le comieron gran parte de su sueldo. 

“Con el alquiler más todos los servicios, además de Internet y el cable se me iba más de la mitad del sueldo. Pagaba más de 5.000 pesos por el departamento, de expensas más de $1.600, $800 de gas, más la luz y el agua. En ese momento tenía un sueldo de $20.000, no me quedaba nada”, se queja el joven.

Pero Leandro no es el único, según Javier Balangione, de JAB Inmobiliaria, cuenta que ante la crisis tuvo varios casos similares de jóvenes que tuvieron que renunciar a su independencia y volver a la casa de los padres al no poder afrontar los aumentos.

Es algo que venimos viendo, mucha gente joven que alquilaba dos dormitorios se achica a uno, o vuelven a vivir con sus padres porque en algún momento se habían independizado y lo podían pagar. También casos que esperan llegar al vencimiento del contrato para no pagar multa y se van del lugar”, reconoce.

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