Murió George H.W. Bush, una vida marcada junto a los destinos de la mayor potencia mundial

Más información 01 de diciembre de 2018
Ocupó los más altos cargos de la administración de EE.UU. y accedió a la presidencia en 1989, cuando terminaba una época: la Guerra Fría. Un acontecimiento: el enfrentamiento con Irak.
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George H. W. Bush, presidente de los Estados Unidos entre 1989 y 1993, falleció este viernes por la noche a los 94 años. La noticia fue confirmada por su hijo, George W. Bush.

"A Jeb, Neil, Marvin, Doro y a mí nos entristece anunciar que tras 94 extraordinarios años, nuestro querido padre ha fallecido", dijo el también expresidente George W. Bush, en un comunicado difundido en Twitter por un portavoz de la familia. Esa misma fuente ventiló que el fallecimiento se produjo cerca de las 22. Hace menos de ocho meses había fallecido su esposa, Barbara, a los 92 años.

Bush sufría un tipo de parkinson que le impedía caminar y lo tuvo en silla de ruedas en sus últimos años de vida, en los que sus entradas y salidas del hospital fueron constantes sobre todo por problemas respiratorios. Una de sus últimas internaciones había ocurrido en abril pasado, un día después del deceso de su esposa, cuando le diagnosticaron una infección en la sangre.

Su característica más sobresaliente, que mantuvo fielmente desde la cuna, fue saber combinar la política con los negocios. George H. W. Bush –se marca la H de Herbert para diferenciarlo de su hijo, también presidente- pertenecía a un hogar aristocrático de Massachussets que continuaba la tradición de los “wasp” (la cultura “blanca, anglosajona y protestante”). La familia se había expandido con su padre Prescott Bush, un senador de gran habilidad para los negocios y con influyentes contactos. George H. W. Bush fue un perfecto sucesor, un auténtico representante de esa destreza para hacer dinero.

Cuando cumplió 18 años, el mundo estaba en guerra: los nazis invadían Europa, los japoneses el Pacífico. George Bush se alistó en las tropas estadounidenses y combatió como piloto de aviones de la Marina. Contabilizó 58 misiones y por una de ellas, el bombardeo sobre Chichi-Jima, donde saltó en paracaídas y debió ser rescatado en el mar, obtuvo una medalla al valor.

Ya de regreso, estudió en la prestigios Universidad de Yale, donde también jugó béisbol y participó e en la fraternidad Phi Beta Kappa. Obtuvo una licenciatura en administración de empresas, en Harvard, y desde allí se dedicó a los negocios, con una exitosa carrera en la industria petrolera de Texas. Se casó muy joven, a los 21 años, con Barbara Pierce, y permanecieron juntos toda la vida. Tuvieron seis hijos, uno de los cuales fue Presidente en dos períodos y otro, Jeb, alcanzó la gobernación de Florida. Los otros fueron Robin (muerto de niño) Neil, Marvin y Doroth.

Los primeros pasos políticos de Bush padre, en el Partido Republicano, lo llevaron a la Cámara de Representantes. También fue embajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas. Pero un escalón clave en su carrera fue su nombramiento como director de la CIA, durante la administración de Gerald Ford, quien completó el mandato del destituido Richard Nixon.

Como jefe de los espías, entre 1976 y 1977, Bush organizó y reestructuró la Central de Inteligencia, que venía acumulando fracasos. Repuso algo del orden perdido y destinó una parte del presupuesto a operaciones encubiertas: a su criterio, era la única manera de enfrentar a nivel global al “enemigo comunista” que representaban la URSS y China.

Ya en 1980, tuvo pretensiones más altas. Intentó competir en las internas republicanas para la candidatura presidencial, pero allí prevaleció el carisma de Ronald Reagan. Igual, tuvo su premio: fue su compañero de fórmula y, de allí, vicepresidente. Desarrolló una intensa estrategia por el todo el mundo: la “política del garrote” que Reagan expresaba en palabras, era llevada a la práctica por Bush. De esa época data el suministro de armas y dinero a la resistencia contra la revolución sandinista en Nicaragua, que se conoce como el escándalo Irán-Contra.

Con el retiro de Reagan, Bush tuvo su momento: ganó la candidatura republicana y llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1989. Pero el mundo cambiaba dramáticamente. Después de cuatro décadas, se derrumbaba el Muro de Berlín, el área socialista, pronto desaparecería la Unión Soviética. Bush aprovechó para acrecentar el papel de Estados Unidos, mientras intelectuales como Francis Fukuyama pronosticaban “el fin de la historia” (e probó errado).

Bush abandonó la lucha contra el comunismo, pero encontró otros enemigos. Por ejemplo, invadió Panamá en una operación relámpago que sacó del poder a Manuel Noriega, un dictador que había servido a EE.UU. pero luego cayó en desgracia. También, Bush enfrentó decididamente a otro ex amigo como Saddam Hussein, quien había invadido Kuwait. El presidente de EE.UU. armó una coalición pará lanzar la famosa expedición “Tormenta del desierto”: le marcó límites al dictador iraquí (el mismo al que iban a derrocar una década después). Su frase de aquel momento era: “Como estadounidenses, sabemos que hay veces en que debemos dar un paso al frente y aceptar nuestra responsabilidad de dirigir al mundo, lejos del caos oscuro de los dictadores”.

Se había formado, familiar y políticamente, bajo esas ideas. Intentó la reelección pero, con una economía que no funcionaba, perdió ante quien era en aquel momento un outsider, el demócrata Bill Clinton.

La revancha llegaría luego de dos períodos, cuando Bush Jr accedió a la presidencia. El padre, en tanto, había retornado a los negocios. Y a la vida familiar, siempre unido a Barbara. Y a algunas gestiones políticas más reservadas. También a originales festejos: al cumplir 75, 80 y 85 años, junto a otros veteranos, se lanzó en paracaídas, recordando su más famosa acción militar de la Segunda Guerra, sobre las aguas del Pacífico. Y lo hizo también al cumplir 90 años, lanzándose sobre su casa de verano en Kennenbunkport. “Está chiflado”, ironizó George W., uno de sus seis hijos.

Fuente: Clarín

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