Se cumplen 10 años de la muerte de Solange Magnano

Local 24 de noviembre de 2019
Gustavo Rosso contó en una nota cómo fueron aquellos días fatales que terminaron con la muerte de su esposa, luego de una intervención estética."10 años y sigo sin hacer pie. Acá se te extraña", escribió también en su perfil de Facebook.
Solange Magnano y Gustavo Rosso
Magnano y Rosso se conocieron en 1999 y tuvieron mellizos. - Foto: Infobae.

El próximo viernes 29 de noviembre se cumplirán 10 años de la trágica muerte de Solange Magnano, la ex modelo radicada en San Francisco que falleció tras ser intervenida en una cirugía estética en la que le inyectaron una sustancia no permitida. "10 años y sigo sin hacer pie.... acá se te extraña... 29/11/09 QEPD", escribió en facebook su viudo, Gustavo Rosso, reconocido en la ciudad por su empresa funeraria y por su carrera deportiva.

Por el caso de Solange, la médica responsable, Mónica Portnoy, se declaró culpable en un juicio abreviado y recibió una leve pena que le permitió mantenerse libre y actualmente ya puede ejercer la medicina. 

Solange era mamá de dos niños mellizos que había tenido junto a Rosso. Este domingo, el hombre compartió un artículo de Infobae en donde relató cómo fueron aquellos días fatales y cómo la recuerda hoy, cuyo texto se transcribe más abajo.

En junio de 2019, el hombre dialogó con El Periódico TV y así se definió: “Gustavo es un hombre que peleó 9 años y va a pelear toda la vida el asesinato de su esposa (Solange Magnano), pero que convirtió en alquimia el dolor de la pérdida de la persona que amaba en algo para lograr fuerzas y salir adelante”.

Para él, cuando una persona querida muere quedan dos caminos: “O nos caemos, y si nos caemos los que están alrededor nuestro se caen con nosotros, o tratamos de ser mejores personas y eso se los brindamos a ellos y a las personas que nos rodean. Tenemos la obligación de ser más fuertes de lo que éramos para demostrarles de que no fue en vano lo que pasó, ese es el concepto que yo utilizo de vida para entender y salir adelante”, resumió.

La nota de Infobae

Solange se acostumbró a ser la más linda. Siempre y en todos lados. En un mundo que pone la belleza por encima de todo lo demás, ella nació con el privilegio social de causar impacto, de generar efectos agradables en quienes la miraban de cerca: reinó en los concursos de belleza de su escuela, de su pueblo, de su provincia y de su país. Caminó a bordo de su fotogenia por las pasarelas de la moda europea hasta que se sintió amenazada por el paso del tiempo, esa “ilusión", según decía Einstein.

Y en la búsqueda de la perfección que se le escurría entre los poros de su piel, Solange Magnano perdió la vida.

Exactamente diez años atrás, cuando tenía 38 y habían pasado 15 ya de la mayor de sus cucardas, el título de Miss Argentina ’94, Solange sintió la necesidad de retocar su cuerpo para no perder una magia que nadie creía que estaba por perder y se sometió una cirugía. Retocar sus glúteos no parecía una intervención riesgosa pero la terminó matando.

El caso fue célebre y derivó en la condena civil y penal de la médica Mónica Portnoy, quien recibió tres años de prisión en suspenso y cinco de inhabilitación para ejercer la medicina, a esta altura castigos ya cumplidos. “Por tener la cola más parada, una mujer que lo tenía todo perdió la vida”, sintetizó días después de la muerte de Magnano su amigo el diseñador Roberto Piazza.
 
Para Solange la intervención era un trámite. A un amigo le dijo que le daba “miedito”, pero nada le hacía pensar que las cosas iban a ponerse definitvamente mal. Tanto, que el 29 de noviembre de 2009 viajó sola a Buenos Aires desde la ciudad cordobesa de San Francisco, donde vivía junto a su marido, Gustavo Rosso, y sus hijos mellizos (en ese momento tenían 8 años).

“Era un pinchacito en los glúteos y volvía. Teníamos todo preparado para irnos a la montaña”, recuerda hoy el viudo, en una charla con Infobae. Solange se tomó un micro y fue directamente al consultorio de Portnoy en el barrio porteño de Belgrano. La acompañó una amiga, también modelo, Mónica Bellotti.

Pero esa noche, luego del “pinchacito” con el que le inyectaron polimetilmetacrilato y -engañada por la médica, aunque no llegó a saberlo, también silicona líquida-, comenzó a sentirse mal y llamó a su marido para contarle. Inmediatamente la internaron en el Hospital Fernández y luego fue derivada al Sanatorio Itoiz, de Avellaneda, donde entró directamente a terapia intensiva. “Me cuesta respirar”, le avisó a Rosso por teléfono.

Rosso y Magnano se conocieron una noche de verano de 1999 en el único boliche de San Francisco. Ella tenía 28 y él dos años menos. Cuando la vio le pasó lo que a todos quienes se cruzaban con Solange: se le detuvo el corazón por un instante, sintió que se rompía y se volvía a armar pero lejos de sentirse intimidado, el hombre avanzó un casillero y la sacó a bailar.
 
 
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Y bailaron. El le contó que con su familia eran dueños de la funeraria más antigua de la ciudad. Y Solange le dijo que vivía en San Francisco pero que había nacido en Josefina, un pueblito cercano, que tenía tres hermanos y que su familia era del campo, agroganadera, pero que ella había saltado el cerco del mandato, se había convertido en un objeto de deseo, y había llegado a las tapas de las revistas de moda de Europa, y a Filipinas, donde perdió el concurso de Miss Universo a manos de otra bellísima mujer de 19 años, Sushmita Sen, la primera mujer india en ganar este certamen.

La tragedia de la vida querría que, 10 años después, de las 77 competidoras de aquella edición de Miss Universo Solange y Viveka Babajee, de Mauricio, sean las únicas que ya no están. Babajee se quitó la vida meses después de la muerte de Magnano en su departamento en Bombai, India. Trascendió que atravesaba una profunda depresión.

A los 15 días de aquel baile en el boliche de San Francisco, Rosso le propuso casamiento. Era un 8 de enero y le dijo: “El año que viene nos casamos”. Y un año después, exactamente, lo hicieron. Solange suspendió un contrato que tenía en Alemania y volvió para formar una familia. Una historia muy linda, muy rara. A los 15 días le caí con un anillo, se lo puse en un dedo y le dije eso. Hace 10 años que murió y más allá de que tuve parejas, es complicado. Me dejó una marca muy grande", se emociona Gustavo.

Magnano se quedó en San Francisco. En 2001 tuvo a los mellizos y abrió una escuela de modelos en su pueblo, “Actitud Models”. Cada tanto viajaba a Buenos Aires a trabajar. El paso del tiempo le pesaba.
 
 
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“Ella desde chiquita fue reina de todo lo que se podía ser. Trabajó en Europa con los mejores diseñadores, no paró de viajar hasta que me conoció y se vino a vivir a San Francisco. A los 38 el cuerpo empieza a dejar marcas. Yo le decía que pelear contra el tiempo es una pelea perdida”, relata su esposo, pero aclara que Solange “no se obsesionaba de más”.

Magnano ya era madre, había abandonado las pasarelas top de Europa pero se había hecho amiga de Roberto Piazza. “Empezó a extrañar el modelaje entonces me vino a ver a mí. Cuando la vi lo primero que pensé fue ‘esta chica es perfecta, no existe’. Tenía un cuerpo impresionante, medía más de 1.80. No era híper flaca, tenía un cuerpo voluptuoso, una belleza exótica”, relató años atrás el diseñador.

Para el verano de 2010 Solange quería, necesitaba, verse bien. Era la época de desfilar con trajes de baño. “Las mujeres que trabajan con el cuerpo no aceptan que pasa el tiempo, aunque acá el problema fue otro. Había pequeñeces que podía solucionarlas sin riesgo y es lo que hizo, pero apareció una loca que hizo el desastre”, dice Rosso, en referencia a Portnoy.

“Solange tenía una belleza sofisticada, majestuos. Es increíble. Tenía la celulitis de una mujer de su edad, imperceptible por ser tan bella e increíble como era”, la recordó Piazza y también: "Le pasaba el trapo a cualquier modelo de ahora. Era una bestia. Su belleza no era de Barbie, ella era diferente. Hasta que empezó a obsesionarse, pasó por el quirófano para levantarse las lolas que se le habían caído después del parto”.
 

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"Le pasaba el trapo a cualquier modelo de ahora. Era una bestia", dijo su amigo Roberto Piazza


 
Y luego, contó el diseñador, “se puso investigar porque la quería más parada, decía que tenía celulitis. Y dio con esta persona, a quien no conozco, que la operó y terminó de la peor manera”.

Solange visitó a Portnoy la tarde del jueves 26 de noviembre. Y nunca más salió del círculo infernal que espiralizó su muerte. Esa noche Gustavo Rosso viajó a Buenos Aires. El viernes la trasladaron del Fernández, en Palermo, al Itoiz, en el centro de Avellaneda, conurbano sur.

Ese día, la pareja tuvo su último diálogo. A Magnano le costaba mucho respirar. Ni ella ni su marido lo sabían. Pero la silicona líquida que Portnoy había usado en secreto para rebajar el polimetilmetacrilato y abaratar costos le había tomado prácticamente todos sus órganos. Su sangre estaba perdiendo oxígeno.

Solange, en la sala de terapia intensiva donde compartía cama con otros 39 convalecientes, todavía consciente, miró al padre de sus hijos y le dijo: “Perdoname”. El no entendió. Pensó que todo iba a pasar. Pero a la mañana del otro día la intubaron y en el parte de la tarde, uno de los médicos le dijo a Rosso que se tenía que preparar.
 
 
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“Me dice que me vaya a preparando porque el fin era inminente. Y ahí me enteré que esto era así. Entendeme que el jueves estaba fantástica”, recuerda conmocionado Rosso, diez años después. El domingo 29 finalmente Solange murió en Avellaneda, lejos de su casa, de sus hijos, del campo donde creció.

Solange había llegado a Portnoy porque la médica vendía sus servicios por TV. Tenía un programa propio y solía comprar minutos de espacio para publicitar su trabajo en programas de chimento de la tarde. Según Rosso, la conoció por intermedio de Piazza.

“Era un pequeño pinchazo en el gluteo que duraba 10 minutos. Pero la doctora le vendió una cosa e hizo otra. Una muerte absurda. Si esta doctora cuando inyectaba no le erraba no pasaba nada. Solange hubiera tenido los problemas lógicamente de los cientos de chicas a las que les inyectaron silicona líquida, pero estaría viva”, asegura su marido.

“Ella fue a hacer algo, pagó un dinero importantísimo y la estafaron”, remarca Rosso, quien finalmente demandó a Portnoy.

Después del hecho, la médica no habló con los medios pero dejó un mensaje en su contestador telefónico donde dijo sentirse “sumamente dolorida” y que se había tratado de una “terrible tragedia”, que sólo había ocurrido en “13 casos en el mundo”.
 
Portnoy fue demandada por Rosso, la causa penal llegó a juicio abreviado y el 2 de julio de 2013 el Tribunal Oral Criminal Nº 11 la condenó a dos años de prisión en suspenso y cinco años de inhabilitación profesional, tras declararse culpable del homicidio culposo. Además, por la causa civil, la médica tuvo que pagar un resarcimiento.

"¿Qué mensaje le estamos dando a la sociedad? Pórtese mal que acá no pasa nada. Ese mensaje le dan estos jueces a otros médicos inescrupulosos. ¡Usted puede matar y puede seguir su vida como nada!”, escribió en Facebook Rosso tras el fallo.

El marido de Solange nunca más vio a Portnoy. Quiso encontrarse, pero nunca lo logró. Su abogado le contó que la vio “desmejorada”. La conclusión del viudo fue que “todo se paga, todo vuelve”. A Rosso le cuesta la vida sin Solange. Crió solo y con la ayuda familiar a sus mellizos -que el año que viene se irán a estudiar Veterinaria a la ciudad de Esperanza- y no despega nunca su memoria del recuerdo de Solange. Conserva el ritual de visitar a la familia de ella todos los fines de semana y su casa está llena de fotos de los cuatro.

“Era una mujer que era una diosa pero humanamente era increíble también. Se fue un miércoles, no la acompañé porque a la vuelta nos íbamos a la montaña. Y nunca volvió, pero la tengo acá en casa. La recordamos todos los días”, susurra con la voz quebrada.

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