El año del coronavirus en San Francisco: del miedo a la dura realidad

Local 27/12/2020 Por Faustino Rizzi
En la ciudad quizás lo principal fue que en este año el sistema de salud pudo hacer frente a la demanda de casos de COVID-19 y no llegó a una situación crítica. Sin embargo, las muertes no fueron pocas y el año termina con cifras que evidencian que la pandemia está lejos de haberse superado. 
Coronavirus
Una plaza con los juegos cerrados: una de las tantas imágenes de la pandemia.

El primer año de la pandemia de coronavirus en San Francisco termina con un balance que seguramente será muy variable según desde qué lugar se lo mire, la situación personal y las expectativas que haya tenido cada persona allá por marzo, cuando todo esto parecía algo lejano que estaba pasando en China y que, como mucho, sería cosa de un par de semanas hasta que todo volviera a la normalidad. Sin embargo, objetivamente, un año de pandemia con una enfermedad que termina el año sin vacunas a nivel local (en forma masiva) y que dejó varias muertes en la ciudad (y decenas de miles en todo el país), además de innumerables complicaciones en la vida cotidiana, no puede ser bueno para nadie. Porque todo lo que se pueda rescatar como positivo será siempre dentro de un panorama negativo mucho más amplio que abarca a la mayoría.

En San Francisco, entre las pocas cuestiones positivas a resaltar dentro de ese contexto de crisis es que el sistema de salud (es decir la cantidad de camas y la capacidad de atención del personal sanitario) resistió a la demanda por la cantidad de casos de COVID-19 y no se vio desbordado. Este era el principal objetivo de las medidas de la cuarentena: no tener que elegir a quién darle una cama o un respirador y a quién no. Eso se pudo cumplir, gracias al compromiso de la mayoría en respetar las acciones de prevención, al trabajo de mucha gente relacionada con los equipos de salud y al aumento de la infraestructura hospitalaria. Sin embargo, en el medio quedaron varias personas y todas esas muertes son dolorosas, sumado a una gran cantidad de problemas que todavía están presentes.

La lista de esos problemas es extensísima y cada uno podrá agregar un ítem más, desde angustias a nivel individual por el encierro y la falta de vínculos, la falta de clases en las aulas y actividades presenciales en niños y adolescentes, hasta problemas laborales o económicos que atraviesan muchas familias, por nombrar apenas algunos. Aunque el problema principal sigue siendo el mismo: el virus sigue entre nosotros. Mientras la vacunación aún está por comenzar, las cifras de casos diarios siguen mostrando que la pandemia no terminó.

Se volvió natural

La percepción social sobre las cifras de nuevos casos diarios, y hasta de personas fallecidas, fue cambiando a lo largo de todos estos meses. Cuando allá por junio se informaban unos pocos casos aislados las noticias tenían enorme repercusión, lo que iba acompañado de algunas decisiones restrictivas gubernamentales. Aunque quizás no se advierta, las cifras que hoy parecen normales serían alarmantes apenas unos meses atrás. Para darnos una idea, en lo que va del mes ya se contaron más de 600 nuevos casos y 15 fallecimientos, mientras que la ciudad apenas había sumado 38 contagios desde marzo hasta fines de agosto y la primera víctima fatal fue recién a fines de septiembre, cuando ya la situación se volvió más complicada. 

Durante todos esos meses la situación de San Francisco fue favorable en lo estrictamente sanitario, principalmente en comparación con las otras ciudades grandes del interior provincial. En nuestra tarea diaria de informar los reportes oficiales de casos, era común titular con “ninguno en San Francisco”.

No faltaban los que consideraron todo como un circo alarmista, los que creían que todo se reducía a “meter miedo”. A ellos, la realidad los puso en su lugar.

En agosto ya comenzaron a informarse contagios casi a diario, pero el aumento ya fue notorio a partir de mediados de septiembre. De uno o dos casos, pasamos a decenas y hasta cerca de 200 en un solo día. Y con más casos, la consecuencia no es otra que también más muertes. Algunas de ellas de personas jóvenes y también muy queridas en la comunidad, lo que dejó mucho dolor. Una fiesta de cumpleaños o un festejo puede esperar, pero esas ausencias son irreparables.

Lo que las autoridades sanitarias repetían que podía ocurrir, que se podía esperar un aumento de casos y muertes, finalmente es lo que pasó, si bien el sistema de salud resistió.

Todavía falta

Lamentablemente, como lo indican las cifras, el problema sigue y hasta que las campañas de vacunación no sean una realidad, la única manera es seguir cuidándonos con las medidas que todos ya conocemos. Por supuesto que se puede cuestionar a los distintos Gobiernos en la gestión de la crisis. Pero los discursos irresponsables de ciertos dirigentes o de iluminados que de la noche a la mañana se las saben a todas después de ver dos videos en Youtube, no salvan. Los que gritan que la libertad individual es lo más importante y solo miran su ombligo, esos no salvan ni atienden a nadie. Ni les interesa tu salud o la de los tuyos. 

Del miedo en marzo a lo que podía pasar llegamos a una dura realidad de casos y muertes que fuimos aceptando con el correr de los días casi como algo natural. Es normal a esta altura estar cansados y angustiados con todo lo vivido en el año, y como si fuera poco ya se está advirtiendo de una segunda o tercera ola de casos en 2021 que podría ser peor que la primera. Sin embargo, ya no estamos en el mismo punto de partida que en marzo. La posibilidad de vacunarse ahora parece cercana. La ilusión de que toda esta pesadilla comience a terminarse ya va tomando forma. Todo está aún por verse. Y como el primer día, sigue dependiendo mucho de nosotros.

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