Carlos Polimeni: “Hoy el rock no es música de jóvenes”

Espectáculos 25 de julio de 2020 Por Faustino Rizzi
El reconocido cronista especializado en rock y espectáculos dialogó con El Periódico sobre el quehacer de la profesión en los años ochenta y los cambios con el mundo actual, sobre su forma de ver el periodismo y también sobre el pasado y el presente del rock criollo.
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Carlos Polimeni

Trastabillaba la madrugada del 3 de marzo de 2000 y Charly García estaba a solo unas horas de escribir en bronce otro capítulo de la historia contemporánea: el día que se tiró a la pileta de un hotel en Mendoza desde la ventana del noveno piso. En esa noche Charly buscó con insistencia a un periodista alojado por casualidad en ese mismo hotel para que alguien fuera testigo de la turbulencia que por entonces atravesaba. Ese periodista era Carlos Polimeni, ya en ese entonces uno de los cronistas sobre el rock argentino más respetados y con una destacada trayectoria en medios como Clarín y Página 12, entre muchos otros.

La insistencia de Charly no era fortuita: con Polimeni eran viejos conocidos de una época sin internet ni teléfonos celulares, donde lo habitual entre artistas y profesionales de los medios era el encuentro cara a cara. Y esa madrugada Charly quería dejar testamento de un presente que lo tenía prendido fuego, por lo cual terminaron conversando por horas en la habitación de la que horas más tarde, ya de día, saltaría al agua. Como esa, Polimeni tiene un rosario de historias: ser un cronista de rock en los años 80 y 90 le dejó recuerdos y anécdotas inolvidables con personajes célebres en la historia de la música como el mencionado García, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati o Fito Páez, entre muchos otros.

En cuatro décadas de oficio, este periodista mendocino trabajó en agencias de noticias, diarios, revistas, radios y canales de televisión. Creador además de una importante obra como escritor, con 12 libros, guiones cinematográficos y obras teatrales, destaca hoy con su programa en radio “La tarde con Carlos Polimeni” (AM 990, de 13 a 16), una invitación en plena tarde para bajar cambios y poner calma, escuchar buena música, reflexionar sobre la actualidad y conocer grandes historias en el mundo del arte, con relatos marcados por la armonía y el ritmo de su conductor.

Vía telefónica, Polimeni dialogó con El Periódico sobre el quehacer de la profesión en aquellas décadas y los cambios con el mundo actual, sobre su forma de ver el periodismo, y también sobre el pasado y el presente del rock argentino.

- Cuando mirás hacia atrás, y con los cambios que tuvo la profesión, ¿valorás más el haber estado en esos momentos íntimos y tan cercanos a personas tan importantes en el rock y la música popular?

- En principio, hay muchas diferencias tecnológicas en el ejercicio de la profesión, como lo hay en la vida cotidiana entre el pasado y el presente. En una época donde no existía el Zoom o el Whatsapp, la mejor manera de entrevistar a un músico era cara a cara. Eso te daba una cercanía muy diferente. Era no solo lo que se estilaba sino la única forma que estaba aceptada de concretar esas entrevistas. Hacerla por teléfono, que no hubiera un fotógrafo presente o que no se pudiera describir los ámbitos, era como reducir el trabajo del periodista a una tarea menor. No solo con estas personalidades, sino con otras muy diferentes. Recuerdo los casos de Atahualpa Yupanqui o Mercedes Sosa, ellos pedían que no se le diera tanta importancia al grabador, porque a veces las palabras eran malinterpretadas o no se expresaban bien. En el caso de Yupanqui, no dejaba que grabaras, sino que tenías que armar vos con sus palabras algo más coherente. Son generaciones que estaban acostumbradas a otro trato. Involucraba más gastos, más tiempos y más pasos, porque había que acordar la entrevista, ir hasta el lugar, bancarse la antesala, hacer la entrevista, volver, desgrabarla, editarla y finalmente publicarla. A mí me deparó, por la sucesión de veces de encontrarme con estos personajes, trabar relaciones con ellos y contar con recuerdos inolvidables.

En el caso del salto de Charly a la pileta en Mendoza, que desarrollaste en tu libro “El día que Charly saltó”, fuiste un privilegiado por estar apenas unas horas antes con él. 

No fue planificado. Yo estaba invitado en Mendoza a la Fiesta de la Vendimia, Charly estaba con una serie de recitales y alojado en el mismo hotel, eso fue casualidad. Pero no fue casualidad que Charly me haya elegido a mí para que subiera a su habitación y grabara la entrevista, porque teníamos una relación larga, nos conocíamos, él confiaba muchísimo en mí. Le debo haber hecho 30 o 40 entrevistas a Charly. Yo conocía su casa, él la mía, teníamos una relación por los sucesivos encuentros y también de una época en que había muchos festivales y salidas con mucha gente que hoy es mítica y en algunos casos ya no está. Compartir los mismos espacios te da ciertos privilegios, como poder escribir en el libro sobre todos esos personajes con una proximidad que hoy parece imposible. En todos los casos eran anécdotas en mi casa, en su casa, o en lugares íntimos, para contar aquello en una nota que hoy no cabe para publicar en un diario, en una entrevista de radio o de televisión. Hoy no viene al caso cómo es la cocina o el living, y a veces esas zonas, pasado el tiempo, también iluminan la obra del artista.

En ese libro recreás historias con otros artistas muy conocidos hoy, en donde es evidente un trato mucho más cercano de lo usual hoy en los medios. Miguel Abuelo yendo a tu casa para una entrevista y con un budín de regalo, por ejemplo. Hoy parece impensado algo así.

Se han convertido en leyendas todos estos personajes, ha pasado tanto tiempo y hoy parece increíble. En ese momento, yo vivía en el centro de Buenos Aires, en un edificio que no tenía portero eléctrico y en un departamento que no tenía teléfono. Entonces para verme ahí había que ir en horario comercial, de 10 a 18, que estaba abierta la puerta de calle. Si yo citaba alguien tenía que decirle que a tal hora iba a bajar a abrirle. En aquella época era muy difícil conseguir teléfono. Me acuerdo que Andrés Calamaro, que había venido varias veces a casa, me fue a buscar y se mandó, sin agente de prensa ni ninguna llamada, podía haberme encontrado como no. En esa época, en un bar escuché que un tipo cantaba detrás de mí unas melodías en italiano, y cuando me di vuelta era Luca Prodan. Personajes que se hicieron legendarios andaban por la calle, a Luca se lo encontraba por la calle tomando sol en una plaza o caminando por la calle Corrientes. No existía la dimensión de estrellato, que en Argentina es posterior a la aparición de MTV, cuando los rockeros comenzaron a aparecer mucho en televisión y la época del videoclip, que parecían cosas muy lejanas. Ahí empezó a ser diferente.

En esa época además la obra de los artistas estaba más mediada por el trabajo de la prensa. Hoy con las redes sociales muchos artistas pueden llegar directamente a su público. 

Es verdad. En esa época trabajaba en Clarín, los diarios tenían una importancia mucho mayor que hoy. Era un mundo sin internet ni telefonía celular, por ende sin páginas online, sin Twitter ni Instagram; entonces el valor de la prensa escrita era muy superior al de hoy. Los diarios y los suplementos de rock tenían un poder sobre la sociedad infinitamente más grande al de hoy. Han cambiado mucho las cosas al respecto.

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¿Ese trabajo más artesanal requería una exigencia superior en cuanto a la formación de comunicadores en los medios en aquellos años?

Sí, era un trabajo mucho más arduo. Hoy con entrar a Google tenés un archivo publicado sobre cualquier persona, es una ayuda gigantesca. Me acuerdo que hace 31 años para escribir el libro sobre Luca Prodan toda la información que conseguí y los contactos era de una forma artesanal que impresionaba. Para hablar con los amigos de Luca que vivían en Italia, era casi imposible. Para hablar con Timmy McKern, que era su compañero de aventuras en Escocia, y que vivía en Traslasierra, había que conseguir su número, llamar por teléfono, esperar a que él viniera a Buenos Aires, te llamara y ahí arreglar una cita. Todo lo que hoy sería un Whatsapp, tardaba meses; tenía otro sabor, pero evidentemente esta época es muy superior. Necesitábamos una formación profesional más compleja y completa.

Hoy pareciera que en el rock ya no aparecen figuras jóvenes con un discurso social, que cuestione valores o que pueda hablar más allá de su propia obra o sus discos. Pareciera que ya nadie va contra la corriente.

Si miramos la historia de la música popular, cada uno de los grandes géneros tiene un período en que aparece y es contracultural, combatido o ignorado por el establishment; un período de aproximación al centro de las cosas, otro en que se vuelve masivo, otro posterior en que aparecen vanguardias en que discuten con el pasado, que se renuevan; y otro en que está todo más o menos establecido, en que a veces se avanzó tanto que ya no se puede avanzar más y que la renovación es volver al pasado. Esto ha pasado en todos los géneros populares. Lo vimos en el tango, por ejemplo, primero era la música en los prostíbulos, luego la época de Gardel, después llegan los años 40 y 50 con las orquestas y las multitudes, después aparece Piazzolla y después de eso, desde los años 90, ya no hay posibilidades de vanguardia y de ahí para adelante la tendencia es volver a las orquestas como en los años 20 o 30. El rock no ha sido ajeno a eso, tuvo un periodo que ha sido disruptivo, era lo sexual, lo prohibido, lo rebelde. Después llegó un momento en que empezó a ser clásico, los años 80 y parte de los 70, después vino un período de vanguardia que discutía con lo clásico, y después pasó que ya no hay forma de avanzar demasiado y el rock es parte de la banda de sonido del sistema. El sistema lo adapta, lo asimila y empieza a manejarlo. Se terminó la rebeldía, los sueños revolucionarios y es uno más de los géneros de la música popular. Hace muchos años que Sting dijo que el rock se aburguesó y está más a la vanguardia la música electrónica. Yo diría hoy que el rap, el freestyle y otros parecen más a la vanguardia que el rock. Es natural que eso suceda.

¿Cuál es hoy el público del rock?

Hoy el rock como tal no es música de jóvenes. Es música de gente de mediana edad, o de mayores, o de jóvenes no tan jóvenes. Willy Quiroga tiene casi 80 años, Moris 77, Ringo Starr y Paul Mc Cartney son octogenarios. Es parte del paso del tiempo, ni más ni menos. Pero a diferencia de otros géneros, el rock siempre cultivó la novedad como algo bueno, que lo nuevo era equivalente a bueno. Y eso ya no existe más, no puede haber algo nuevo de lo nuevo de lo nuevo. Creo que en nadie más nunca va a tener en Argentina la estatura mística que tienen los rockeros de los ochenta y los setenta, como ocurre en el mundo, y como ocurre con Gardel, Piazzolla, Mercedes Sosa o Yupanqui.

Después de los solistas y bandas surgidas en los ochenta, pareciera que no hubo otros artistas que cautivaran a generaciones enteras. 

Creo que hay épocas y circunstancias que condensan una cantidad de elementos que después se vuelven irrepetibles en la historia. En Estados Unidos o Inglaterra, hay una generación de grandes nombres del rock que nacieron en la segunda guerra mundial o en la postguerra, en un mundo que estaba destruido, y que llegaron a ser jóvenes y creativos en los años 60, cuando los jóvenes sentían que podrían tomar el mundo por asalto, cuando la vida se puso de repente en Tecnhicolor cuando había sido en blanco y negro. Como esos años son irrepetibles, es muy difícil que nazca otro Mick Jagger, otro Sting o John Lennon, por nombrarte algunos. Porque las épocas no se repiten y los estímulos y las generaciones tampoco. Es la misma generación a la que pertenecen en España Joan Manuel Serrat y Luis Eduardo Aute, en Argentina Charly García y Luis Alberto Spinetta, en Brasil Caetano Veloso o Gilberto Gil. Son generaciones atravesadas por una serie de circunstancias irrepetibles, entonces el rock creció a fuerza de represión y dictaduras, fue encontrando un lugar en una escena que es irrepetible. Aquellas épocas no volverán y por ende la representatividad que aquellos músicos tuvieron sobre un público que también había vivido las mismas circunstancias, no se va a producir. Es imposible que si no se reproducen épocas los resultantes humanos sean los mismos. Van a ser siempre diferentes, eso que falta son aquellos contextos.

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¿Creés que recién ahora a Charly García, ya alejado de sus épocas más agitadas, se le empieza a dar un reconocimiento más amplio por todo lo que hizo por el rock y la música en español?

A veces pasa que con las figuras públicas, al ser contemporáneos, los vemos en toda su dimensión, con sus errores y aciertos, en las buenas y en las malas. Figuras muy grandes como Maradona o Charly, como tantos otros, los vemos en una dimensión que dentro de cincuenta años no tendrán, de ellos hablará solamente su obra. A veces cuando te morís joven, como Luca Prodan o el Che Guevara, tenés el privilegio de que la historia no te ve envejecer, te recuerda siempre en un momento en que eras joven y hasta hermoso. Eva Perón se murió a los 33 años, no la vimos derrapar, equivocarse, meter la pata o senil. La conservamos en un lugar. Creo que la muerte joven te preserva. Cuando no ocurre eso, te encontrás con otro proceso, con artistas que ya no tienen las mismas canciones o que te producen algunas contradicciones. Pero creo que en el arte lo que hay que mirar es la obra. Y la verdad es que la obra de Charly es inmensa, abarca muchísimas décadas, con tantas canciones importantes en la banda de sonido de nuestra sociedad. Es un personaje controvertido, que jugó con los límites de la estrella de rock. A Charly puede ser difícil quererlo, pero es imposible negar su obra. El ser humano puede equivocarse mucho más que su propia obra y la obra de Charly es demasiado grande, lo pone en un lugar privilegiado no solo en el rock en castellano sino en la música popular de América Latina.  

Vos lo definís en tu libro como el Mozart del siglo pasado.

Yo creo que tiene esas características, pero de Mozart pasó tanto que ya no sabemos cuántas veces metió la pata.

Parece que hoy no hay bandas o solistas que puedan tener una obra semejante como la de Charly en sus años más creativos.

No. Sobre Charly basta buscar en Google los libros que hay, la cantidad de obras que se han generado. Todo lo que generó Charly musicalmente y culturalmente, y la admiración de otros artistas como Piazzolla o Mercedes Sosa por la música de Charly, ahí te das cuenta de su enormidad. Y otro aspecto que casi nunca se trata es cómo el rock argentino aportó un legado de pianistas a la historia del rock, que no es muy frecuente. Si tomás en cuenta a Charly García, Lito Nebbia, Fito Páez, Andrés Calamaro, son rockeros pero pianistas. Charly era profesor de piano a los 13 años. Hay un nivel armónico respecto al rock y mucha relación con el rock sinfónico en la época. Es algo para analizar, se trata de un instrumento caro, difícil de aprender, que poca gente lo tiene en sus casas, en una época en que padres de chicos que se preocupaban por una formación integral cultural de los suyos, que con el tiempo fue mermando. Charly cuando compone canciones de rock ya ha leído a Oscar Wilde, cuando hace Inconsciente colectivo ya estaba al tanto de las teorías de Jung, Spinetta cuando publica Tester de violencia ha leído a todos los filósofos franceses, cuando editó Artaud ya ha leído a toda la obra de Antonin Artaud. Hay en esos modelos de artistas del rock argentino un consumo previo de música, literatura, de pintura, bellas artes y una formación global que a veces parece no registrarse pero que está detrás de canciones de tres minutos, un camino de formación artístico muy importante. Con el tiempo la formación, sobre todo en el rock, pareció evaporarse.  

En la radio se te nota muy a gusto en tu programa, manejando los tiempos, pudiendo expresarte en detalle. ¿Ya no te interesa el periodismo gráfico?

Sí me interesa, pero a veces ocurre que en lo profesional a uno lo tientan más para una cosa que la otra. Durante más de 25 años trabajé básicamente en prensa gráfica, agencias de noticias o diarios. Desde que comenzó este siglo superpuse eso con trabajos en la radio y demás, y finalmente me fui quedando más con la radio por un tema de que no se puede hacer todo. El trabajo en los medios gráficos era cada vez peor pago en comparación a los medios electrónicos y entonces me convino más trabajar en la radio que seguir en las redacciones de los diarios. No es que no me interesa, no lea o no escriba, sino que en este momento tengo un mejor lugar en la radio.

En un momento donde desde algunos medios nacionales en Buenos Aires se hace “periodismo de guerra”, ¿qué pensás que tenés que aportar cada día cuando arrancás con tu trabajo?

Todos los días cuando voy a la radio para hacer mi trabajo pienso que le tengo que mejorar el día a la gente. Algunas veces en broma digo que de chiquito fui aviador pero ahora soy enfermero, citándolo a Charly. Creo que él quiso decir que de chiquito quiso cambiar el mundo y ahora quiere ayudar a curar los males que tienen las personas. Pienso que muchas cosas chiquitas ayudan a cambiar el mundo, que le mejore el día al que está escuchando el programa, que le sea más placentero o con más belleza. Me propuse un trabajo en ese frente, no es un programa a las 6 de la mañana ni de trasnoche, sino que es un paréntesis en el día que nos podemos permitir. En este 2020, en medio de una pandemia, yo mismo como consumidor de medios intento buscar algo que me hace bien y no aquello que me hace mal. Me doy la dosis mínima de noticias y busco las cosas que me traigan placer, entonces intento un programa de radio que responda a ese parámetro para la gente que escucha, que por suerte es mucha. Creo que todos necesitamos lo que nos hace bien y nos saca de la angustia. Y los medios, en general, hacen su negocio de la angustia. A mí me da un poco de vergüenza ajena.

¿Ves al periodismo como una oportunidad de sensibilizar, de llegar al público como desde el arte?

Se supone que el periodismo es una forma de contar lo que pasa, que hay una realidad y también una gente interesada en conocerla, entonces el periodismo es el medio para eso, para conocer esa realidad. Pero en todos los medios de comunicación hay entretenimiento, cultura y otras secciones aparte de aquellas que te cuentan la realidad dura. Yo siempre he trabajado de intentar mediar en la realidad de la gente aportándole una cosa diferente. Hace 40 años que trabajo en el periodismo, he sido una persona muy interesada en la política, en el deporte, en la sociedad; entonces tengo una herramienta poderosa, tengo tres horas de programa todos los días, una responsabilidad, entonces intento que en esas tres horas tengamos un viaje en que nos sintamos bien. Está relacionado con la actualidad, por momentos, que usa la realidad para llegar a otros lugares. Y defender lo que me parece que está bien defender. Si vamos a pasar música, que sea buena. Si hablamos de una persona, que tenga algo para decir. Es un tiempo importante y yo no lo relleno, hago cada programa como si fuera el último. Trato de poner siempre toda la carne posible en el asador. Es cuestión de contar todos los días una historia que se atrapante, un leit motiv del programa que ayude a que nos sintamos bien.

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