Las cantinas de los clubes perdieron vida social, pero no la cocina

Local 23 de mayo de 2020 Por Nicolás Albera
Como en otros rubros se reinventaron para seguir trabajando durante la pandemia con envíos a domicilio y ‘take away’. “Pensar el trabajo con el mundo viejo sería un error”, dijo uno de los gastronómicos consultados.
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El playón del Club Colón a oscuras. De fondo, la cantina está iluminada pero sin la vida social que caracteriza al lugar - Fotos: Fabricio Llanes.

Hasta antes del 20 de marzo, la cantina del Club Colón era el alma del lugar. El vermut, las charlas y los naipes eran el festín de cada mesa cada día.

Nancy Castro se ubica detrás del mostrador un martes por la noche con el teléfono en mano recibiendo pedidos. Asegura que esa alma que era la cantina hoy está en pena, el mismo sentimiento que observa en su padre el “Pelado” Facundo Arturo Castro, emblema del lugar, quien desde hace décadas tiene a cargo la concesión.

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"Ver el salón vacío nos pone triste”, asegura Nancy Castro, del Club Colón.

“Mi papá tiene 78 años y viene al club desde los 20. Hace mucho tiene la concesión de la cantina y hoy venir y verlo vacío, cerrado, sin la gente de siempre, lo pone triste. Nos pone triste”, afirma la mujer al final de un pasillo donde la cancha de bochas aledaña está a oscuras y solo hay un par de motocicletas para contemplar. Además, la imagen nocturna del playón que se observa desde la esquina de Ameghino y Paraguay es desoladora.

Si hay algo que la pandemia del coronavirus se llevó y aún no devolvió, ni siquiera con un protocolo, son los largos tablones rodeados de barras de amigos, las charlas en voz alta, las risas y los enojos; los naipes y el vermú. También las fuentes de papas fritas a “caballo” y de ensalada que desfilan por las manos de quienes deben servirlas. Las tiras de asado que acompañan o los platos contundentes más esa sensación de salir a cenar afuera pero estar como comiendo en casa. Eso también eran muchos clubes hasta hace dos meses, llenos de vida social.

Un bife, bien fuerte

En barrio Vélez Sarsfield, en la esquina de la calle homónima y Juan José Paso, el aroma a comida casera casi que no conoció de cuarentena. Las hornallas de El Vélez, cantina del estilo bodegón nacida en el epílogo de la década del ochenta, siguieron cocinando pero para una menor cantidad de personas. Los pibes, la barra, las mesas largas, por ahora son un lindo recuerdo para Iván Bagnasco, quien desde hace dos años tomó el lugar de sus padres y se puso al frente del negocio.

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En "El Vélez," la cocina no afloja pese a que no pueden abrir al público. La mirada puesta en el delivery.

“Hoy nosotros vivimos en una agonía, no veníamos de un período tan bueno y sufrimos un cachetazo de la noche a la mañana que fue no poder abrir más. Es entendible por la responsabilidad social que tenemos, por eso hubo que reinventarse. Soy consciente que a colegas le va a costar volver a abrir y otros van a ponerse a pensar si lo van a hacer”, analiza reflexivo ante la consulta de El Periódico.

Antes de que rija el aislamiento social, preventivo y obligatorio, el local –que funciona en la sede del centro vecinal- ofrecía el servicio de comedor de martes a viernes: “Acá se juntaban las barras, eso era tradicional. Cada semana, cada 15 días u otras que lo hacían una vez por mes porque venía gente de afuera”, rememora como si hablase de un pasado muy lejano y con pocas perspectivas de que vuelva a repetirse, aunque es su ferviente deseo.

En El Vélez no había asados, pero sí cocina de hornallas con platos especiales. El pollo al ajo, por ejemplo, es un reconocido menú de la casa. También los son las pastas. Por noche, antes de la pandemia, pasaban entre 30 y 40 comensales en promedio.

Los pedidos, aseguran, no supera el 20 por ciento de las ventas que se hacían previo a la cuarentena.

“El coronavirus nos partió al medio”, responde del otro lado del teléfono Federico Gilli, del Club Norte (Castelli 2200), en cuya vereda en las épocas de tiempo cálido no cabe un alfiler. Tampoco dentro la cantina en invierno.

Allí, el asado y las papas fritas con huevo son religión. Sin embargo, la parrilla hace sesenta y pico de días que no quema.

“La situación es complicada. De luz nos llegó mucho igual, hay que pagar el alquiler y lo vendido no es suficiente por ahora”, manifiesta Gilli.

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El Club Norte cerrado un jueves a la noche, una imagen desoladora. 

En los tres casos, la única posibilidad de venta es la telefónica pudiendo ofrecer el servicio de delivery o “take away” donde se retira en el lugar. No obstante, los pedidos actualmente, en ninguno de los tres casos, supera siquiera el 20 por ciento de las ventas regulares.

Reinventarse, el objetivo

Los términos protocolo y reinventarse se oyen todo el tiempo y en cualquier rubro. Este virus llegó para replantearnos cosas y sobretodo ponernos a prueba.  

“Nosotros estamos pensando en ampliar los días de venta, hoy sólo cocinamos los domingos ante esta situación. Pero pensamos en ofrecer parrillada para llevar, con las papas revueltas que son populares acá. Llevar a las casas de los clientes lo que antes ellos venían a comer acá”, cuenta Gilli.

Nancy Castro asume que este virus “nos cambió la vida”. Si bien ya contaban con el servicio de delivery, en la actualidad debieron pulirlo al igual que el uso de las redes sociales, claves para atrapar nueva clientela.

Bagnasco, en tanto, remarca que la entrega a domicilio no era una opción, hasta ahora claro: “Y…no nos quedó otra”, devuelve ante la pregunta de este medio.

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La moto delivery, muestra de estos tiempos de pandemia. 

Sin embargo, frases trilladas si las hay, toda crisis –a veces- trae oportunidades. “Nos animamos a largar con esto en serio pero de a poco. Antes lo hicimos pero informalmente, prestando las fuentes porque era una cuestión familiar si se quiere”.

Fue por este motivo que las dos primeras semanas de cuarentena mantuvo el local cerrado, hasta que pusieron a funcionar el sistema de reparto: “La verdad nos sorprendió la buena aceptación de la gente y se sumaron nuevos clientes; las expectativas son buenas pero la realidad hoy es que la venta ayuda a sostener el equipo de trabajo y algo de los servicios, por eso buscamos ayuda estatal con algunos créditos para solventar gastos fijos que los tenemos atrasados”, aclara el gastronómico.

Pensar en la vuelta

Tanto Castro, Bagnasco y Gilli ven el horizonte poco claro para la actividad. Sostienen que de darse una vuelta a la actividad como antes no será a corto plazo.

“Hasta el verano creo que vamos a seguir igual; es para cuidarnos, lo entendemos, pese a que no hay casos en la ciudad de coronavirus más que los importados. La gente necesita trabajar y si no tiene plata nosotros tampoco trabajamos”, reflexiona Castro.

Gilli también ve una apertura normal para muchos más adelante y ya analiza lo que será: “Cuando larguemos otra vez será de cero y calculo que costará empezar”, arriesga.

En El Vélez, Bagnasco sufre junto a sus padres –que todavía siguen dando una mano- al ver el salón vacío cada día. Remarca que el delivery es “otro mundo” al que estaban acostumbrados porque pese a una experiencia en rubro de tres décadas se sintieron novatos en muchos momentos.

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Antes de la pandemia, por “El Vélez” pasaban unos 40 comensales por noche.

Sobre la vuelta de la gente al comedor, asume que no será algo cercano: “Me gustaría pensar que sea en primavera. Pero ya no tendremos el mismo mercado. Pensar el trabajo con el mundo viejo sería un error. Nosotros tenemos la suerte de tener un salón amplio, recibimos barras de ocho personas en adelante, que es lo que manejamos. Pero si nos piden grupos mínimos vamos a estar complicados. Hoy levantar una persiana te lleva un gran costo fijo”.

 

 

 

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