La huella de Brochero en Traslasierra

Sociedad 15/10/2016
En 1916 Villa del Tránsito es renombrada Villa Cura Brochero. Allí se encuentra la Casa de Ejercicios Espirituales y la casa donde Brochero pasó sus últimos días; son espacios de historia que guardan señales del legado de este hombre santo.

En 1869, un joven sacerdote, maestro en filosofía, lleva su misión pastoral al valle que se ubica entre las pampas de Achala y de Pocho en su provincia natal, Córdoba.

Tierras de altura, de difícil acceso y alejadas de la gran ciudad. Caseríos de gauchos donde unos vivían en la pobreza y otros de lo ajeno, sin acceso a la educación, escasamente comunicados y rodeados de una naturaleza agreste.

Este es el panorama con el que se encuentra el cura diocesano José Gabriel Brochero cuando asume como responsable del Curato de San Alberto: una extensa jurisdicción que abarcaba lo que hoy se conoce como Valle de Traslasierra y que Brochero recorrió sin cansancio a lomo de mula.

La cabecera del Curato era la localidad de San Pedro, pero por alguna razón no permaneció mucho tiempo allí y encaminó su búsqueda hacia Villa del Tránsito donde vivió por casi tres décadas. Su fuerte dedicación al trabajo e innegable inteligencia, hicieron que pronto buscara la manera de sacar a estos gauchos de la miseria en que vivían.

Es conocido que este Siervo de Dios trabajó al lado de los hombres y mujeres del lugar para trazar 116 caminos que facilitaran la comunicación, especialmente entre el Valle y la ciudad de Córdoba. Construyó acequias y canales de riego valiéndoles de la nobleza de los ríos Panaholma, Río Chico de Nono y otros tantos, con el fin fortalecer el desarrollo de la región; bregó por la educación; impulsó grandes obras de ingeniería; y hasta proyectó el ferrocarril para unir Soto y Villa Dolores que mejoraría la fuerza de trabajo.

Pensaba en todo eso. Y también pensaba en el alma.

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El trabajo para el alma

Los ejercicios espirituales de San Ignacio del Loyola fue el método que el  Padre Brochero encontró para sacar estas almas serranas de esa realidad que les pesaba. Eran diez días de oración y silencio para encontrar a Dios a través del evangelio y según la realidad interior de cada quien.

En un comienzo guiaba a los gauchos en dos tandas por año para hacer estos ejercicios en Córdoba, pero el sacrificio de cruzar las sierras le hace entender que lo mejor era construir en Villa del Tránsito una casa a tal fin, y en solo dos años lo consigue (1875-1877).

Brochero se ocupaba personalmente de hacer las invitaciones a las ovejas que precisaba acercar a Dios; su mula Malacara lo trasladaba por todo el Curato para asegurarse la asistencia. Tandas de 800 hombres y hasta de 500 mujeres se registran como los mayores grupos de asistentes que se alojaron en la casa de 16 habitaciones. Cuando los catres no alcanzaban, los ponchos y aperos servían para cobijar bajo las galerías a los ejercitantes. Cuentan los lugareños, que en épocas de frío Brochero improvisaba braseros con el rescoldo del fuego de la cocina para acercarles calor a quienes dormían en la intemperie. Calor para el cuerpo, calor para el alma.

La construcción de la Casa de Ejercicios de Villa del Tránsito se hizo con la ayuda material y la fuerza del trabajo de sus feligreses. Donaciones que se dejaron expresamente publicadas y el acarreo de troncos de quina por la cuesta de Altautina, hicieron que en tan breve tiempo se lograra semejante construcción. Recuérdese que se describió una región de escasa conexión y de naturaleza ruda; entonces, solo podemos imaginar a un cura dando el ejemplo y siendo la fuerza interior de estos serranos desmotivados hasta entonces.

La Casa de Ejercicios Espirituales Cura Brochero se declara monumento histórico en 1974. Como museo, hoy
conserva sus 16 habitaciones, precedidas por una galería que rodea al patio central; tiene una pequeña capilla de oración donde se encuentran los restos del Siervo de Dios, y recientemente se restauró el sector de cocina donde se descubrieron las arcadas originales de sus galerías.

La residencia expone elementos personales de Brochero como misales, bastones, ornamentos, y un rosario de nácar con cuentas de gran tamaño, que usó desde que perdió la sensibilidad a causa de la lepra. Una máquina de escribir es testigo de las últimas palabras del Cura y que las religiosas escribieron en su nombre cuando la ceguera se lo impidió. Y fotos, fotos que lo muestran siempre al lado de su gente.

Se exhibe el oratorio que Brochero utilizó donde vivió sus últimos días, como así también ladrillos y elementos empleados en las diferentes construcciones que dirigió. Mobiliarios que pertenecieron a las religiosas que lo asistieron y objetos de particulares, dan una idea de cómo vivían los serranos de aquella época y son parte de la exposición del museo.

Un lugar sensible al corazón de los brocherianos es la cocina, aún no abierta al público en general. Allí se observa el fogón con cuatro de las seis ollas originales de hierro fundido, empotradas en la tierra, y a la par de un horno de barro. Hoy es un lugar en el que reina silencio, silencio por el que debió caminar Brochero pensando en el alimento para el alma de sus fieles al calor del fuego.

Pero esa Casa, destinada a curar el alma, pronto muestra sus frutos. Los libros y la tradición oral dicen que con los ejercicios espirituales el Padre Brochero logró cambiar la sociedad, y no solo de aquel Valle. La oración y la penitencia a la luz del Evangelio hicieron que muchos reos dejaran el vandalismo y los saqueos. En ocasiones, el Siervo de Dios intercedía por los presos que visitaba buscando su arrepentimiento.

Un caso emblemático es la relación que Brochero tuvo con el gaucho sanjuanino Santos Guayama. Este rebelde montonero, se escondía de las autoridades en los desiertos de provincias vecinas, mientras el religioso le ofrecía con insistencia una vida desarmada, tranquila, con tierras para trabajar y un indulto presidencial que se comprometió a conseguir. Luego de mucho dudar el gaucho decide esperar por ese perdón para poder asistir luego a los ejercicios espirituales sin riesgo de ser aprendido; era 1977.

Alguna vez se encontraron en la inmensidad del monte; Brochero lo esperó por días, hasta que el fugitivo se sintió seguro y apareció. Este bandido que peleó con otros caudillos, como Chacho Peñaloza o Felipe Varela, le mostraba a Brochero su arrepentimiento pero el sacerdote no encontraba la voluntad política del gobierno nacional para obtener la absolución que le permitiera recuperar esta oveja. Santos Guayama es apresado a finales de 1978 y fusilado poco tiempo después. A Brochero le pesó no conseguir aquel indulto a tiempo y que el gaucho muriera creyendo que lo había traicionado.

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Las Esclavas del Corazón de Jesús

Un tesonero como el Cura Brochero no dejaba de tener proyectos por los cuales trabajar. Construcción de caminos de herradura y carreteros; tomas de aguas y el Acueducto los Chiflones; implantación de peces en la Laguna de Pocho; la apertura de una estafeta telegráfica en Nono y la sucursal del Banco de Córdoba en San Pedro; iglesias y residencias para religiosos; y por supuesto un colegio.

En 1880 construye, al lado de la Casa de Ejercicios Espirituales, el Colegio de Niñas y lo lleva adelante con la asistencia de una congregación de monjas que conoció en su época de seminarista: las Esclavas de Corazón de Jesús.  Luego de un viaje de tres días a lomo de mula por las Altas Cumbres, 16 monjas llegan al mando de la Hermana Catalina de María Rodríguez para hacerse cargo del Colegio y la Casa de Ejercicios. Desde el 1° de febrero de 1880 las religiosas permanecen en la Casa.

Ellas se ocupaban de la enseñanza de las niñas y de las tareas domésticas para atender a los feligreses que llegaban a orar. Hacían velas, amasaban panes, cocinaban sopas, guisos y mazamorras, todo lo que se demandara en ambas instituciones. Se encargaban de filtrar el agua mediante cántaros de piedra porosa;  lavaban ropas en bateas, y realizaban la molienda para la cocina. Todo eso lo dicen los utensilios y objetos que se encuentran en la cocina del hoy Museo Brocheriano.

Como fervientes devotas de Cura Gaucho, las Esclavas del Corazón de Jesús hoy continúan con la divulgación de los ejercicios espirituales como forma de orar y acercarse a Dios en intimidad. Actualmente, la congregación cuenta con un colegio primario y secundario y una casa de ejercicios espirituales donde se reciben a fieles de todo el mundo por cuatro días.

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La casa de sus últimos días

Después de 29 años en su querido Curato y obediente a sus autoridades, el Cura Brochero debe trasladarse a la Catedral de Córdoba. Él extrañaba, y sus fieles lo solicitaban.

La lepra se cree que ya estaba en su cuerpo desde 1900, aunque se le confirmaría el diagnóstico recién el 1906. Para entonces su salud comienza a deteriorarse y escapa del invierno pasando temporadas con dos hermanas en su natal Santa Rosa de Río Primero; o viaja a lo de su amigo Obispo Yañiz Martin, en Santiago del Estero. Pero la lepra avanza y le quita la sensibilidad en el cuerpo y de a poco llega la ceguera.

“La lepra es solo para mí”, decía Brochero para que sus feligreses no temieran acercarse a él y contagiarse. Prueba de su afirmación es su lazarillo Victorino Palacios: un niño que cierto día le negó ayuda al Cura que caminaba a ciegas por la calle. Su padre supo del desagravio y en penitencia se lo ofreció a Brochero para servirlo en sus tareas cotidianas; éste aceptó. El joven lazarillo de 13 años lo acompañó hasta el final, ayudándolo a desvestirse, a comer, a movilizarse, y jamás padeció la enfermedad. La familia Palacios considera que ese debió ser el primer milagro del beato.

La casa de su hermana Aurora, en Villa del Tránsito, fue donde pasó sus últimos días. Antes de mudarse le encargo que pidiera prestado a las monjas del Colegio elementos para celebrar misa, y que los políticos y familias acomodadas de la zona hicieran donaciones que pudiera entregar a los más necesitados.

Aurora obedeció y Brochero celebró misa cada tarde desde una habitación que daba a la calle. El resto del día, cuando no desgranaba rosarios, escuchaba a sus fieles por la ventana sentado en su mecedora, procurando acercarles un consuelo material o espiritual.

La casa de Aurora Brochero se conserva hoy como museo y solo al visitar esa habitación y observar la mecedora al lado de la ventana, la imagen de fieles escuchando al sacerdote en silencio es fácil de imaginar.

La última carta del cura Brochero, escrita amáquina por las monjas, la dirigió a su amigo el Obispo Yañiz Martín. En ella hay un párrafo que lo describe como un hombre siempre ocupado y trabajando para Dios:

…”Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva; quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi último fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”.

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